En el círculo literario donde
acostumbraba a pasar la velada, M. Triggs de Scotland Yard se dejaba convencer
a veces y contaba alguna de las aventuras de su carrera, larga y abundante en
acontecimientos notables.
Un día, Lord Penfield, que escribía bajo
un nombre supuesto unas obras de ocultismo muy apreciadas, le preguntó al
célebre detective:
-¿Ha conocido usted realmente el miedo,
Triggs?
-¡Y hasta qué punto! -respondió Triggs
con la mayor sinceridad-. Pero, entendámonos: el miedo al que me refiero es esa
angustia absurda e irrazonada que provoca la repulsa y finalmente la
capitulación de la mente. Sí, creo haber conocido esa clase de miedo en el
extraño caso de la sombra de las doce cuarenta y cinco.
-¡Nunca he oído hablar de esa historia!
-No es de extrañar. En primer lugar, se
trata de una aventura que no me gusta mencionar. Y después, ocurrió hace mucho
tiempo. Yo acababa de salir de la Universidad. Había obtenido ya, como
aficionado, algunos éxitos policíacos, pero en aquella época no pensaba en
hacer mi profesión de aquella clase de actividad.
-De hecho, nunca hemos sabido qué
profesión escogió usted, Triggs -dijo uno de los presentes-. Creo que pensaba
dedicarse usted a la abogacía, ¿no es cierto?
El detective se echó a reír.
-¡Al contrario! No lo soñaba siquiera.
Mis estudios eran puramente científicos. Quería convertirme en profesor. Pero,
cuando hube obtenido mi diploma, las plazas vacantes en la enseñanza eran tan
escasas que me vi obligado a optar por otra profesión. Entonces me dediqué al
periodismo, o, mejor dicho, a la literatura.
-¡Vaya! ¿Y de qué modo, Triggs? ¿Cómo
escritor?
Triggs hizo una pausa y luego se decidió
a contar su historia:
Debo confesar que, según los editores y
los secretarios de redacción, yo carecía de estilo y de imaginación. Sin
embargo, un hombre de buen corazón me encargó una novela, para complacerme y
para permitirme ganar un poco de dinero.
El semanario que se declaró dispuesto a
aceptar mi prosa se llamaba The Weekly Tales, y me ofrecían un penique por
línea, lo cual constituía una honorable retribución.
Dejaron el tema a mi elección, con tal de
que fuera interesante y de que provocara los debidos estremecimientos en el
lector.
Transcurrió una semana sin que ninguna
idea viniera a iluminar mi linterna.
Yo vivía entonces en un pequeño
apartamento en una antigua calle de Covent Garden, un barrio de Londres que
siempre he preferido a los otros. El apartamento contiguo al mío estaba ocupado
por un militar retirado, el comandante Wheel, un hombre sencillo y directo que
consideraba un deber proporcionar ayuda y consejo a todo el mundo.
Me invitaba a menudo a fumar una buena
pipa en su casa, y a saborear en su compañía un vaso de su excelente whisky,
que recibía directamente de Escocia.
Al observar mi aire preocupado, el
comandante Wheel me preguntó sin rodeos qué me pasaba. Le hablé de la novela
que tenía que escribir y de la inspiración que se hacía esperar, como todas las
grandes damas.
Contrariamente a su costumbre, guardó
silencio largo rato, perdido en sus pensamientos.
-No es una cosa corriente -declaró
finalmente-. Y he de confesar que desconozco la materia. Sólo he leído a Walter
Scott y a Dickens, y sería inútil pensar en imitar a aquellos genios… De todos
modos, tal vez podría ponerle a usted en el camino. No pretendo que sea el
bueno. ¿Qué le parecería la historia de un loco? Ya que es indiscutible que el
coronel Crafton está loco, a pesar de que en su época fue uno de nuestros
mejores oficiales de caballería. ¿Y si le visitara usted? En otros tiempos no
parecía detestar mi presencia, y no hemos perdido la costumbre de felicitarnos
mutuamente con ocasión del Año Nuevo. Actualmente, Crafton vive solo en una
extraña mansión, en Stoke-Newington. Evidentemente, no hay que decirle que va
usted allí para escribir una historia acerca de él… ¿Le gustan a usted los
cromos policromados para niños?
-¡Qué pregunta más rara, comandante!
Puedo asegurarle que, efectivamente, soy un gran aficionado a ellos.
-En tal caso, está usted salvado, ya que
el coronel posee la más hermosa colección de cromos en color que existe en
Inglaterra, y tal vez incluso en el mundo entero. Algunos los ha adquirido a
unos precios increíbles. Pero es muy rico y puede permitirse esos caprichos.
-¿Qué tiene de especial, pues, su amigo
Crafton?
Wheel mordisqueó pensativamente la
boquilla de su pipa.
-Para una persona sensata, como yo me
precio de ser, resulta muy difícil de decir. Mi pobre camarada se cree
perseguido por un fantasma… Pero, vaya a verle, salúdele de mi parte y dele a
entender que le gustaría mucho contemplar su colección de cromos para niños. Y,
si se la enseña, no deje de expresar frecuentemente su admiración, y no
escatime sus elogios. El resto vendrá por sus pasos contados.
Al día siguiente me dirigí a
Stoke-Newington.
En aquella época, el lugar no era apenas
más que una aldea, en la que abundaban las buenas posadas y las plazoletas
cubiertas de vegetación.
Almorcé en un establecimiento muy
agradable, llamado Los Alegres Cocheros, y le pregunté al patrón si sabía dónde
vivía el coronel Crafton.
El hombre dio un respingo y casi se le
cayó la pipa de la boca.
-Joven -me dijo, con aire preocupado-,
espero que no habrá venido a Stoke-Newington para que le muelan a palos.
Sin duda esbocé una mueca de
incredulidad, ya que el posadero añadió:
-Es lo que le espera en casa del coronel,
en el supuesto de que no sea usted amigo suyo; en todo caso, los que se
arriesgan a llamar a su puerta lo pasan mal.
-¿Es un malvado, o un loco?
-Ninguna de las dos cosas. Creo incluso
que es muy sabio, y sé que entrega con regularidad a la alcaldía unas sumas
considerables para los pobres. Pero no quiere ser molestado por nadie. Sin
embargo, en otros tiempos no era tan severo.
-Me gustaría saber algo más acerca de él.
¿Puede usted…?
-Con mucho gusto -dijo el posadero-. Hace
diez años, cuando se retiró del Ejército, se instaló en una casa que estaba en
venta, en el otro extremo del pueblo. No era un hombre demasiado sociable, pero
estaba lejos de ser el ogro en que ahora se ha convertido. Sólo entraba en el
café dos veces por semana, los lunes y los jueves, y había elegido El Farol
Antiguo, una posada que había perdido su clientela poco a poco y que atendían
el viejo Sanderson y su hija Beryl… Un año después de la llegada del coronel a Stoke-Newington
el viejo Sanderson murió, dejando sola a Beryl y abandonándole la dirección de
un establecimiento en decadencia y, además, cargado de deudas. Beryl no se
distinguía por su inteligencia, pero era una joven sana, alegre y de una
conducta irreprochable. Crafton la pidió en matrimonio. Durante dos años
vivieron muy retirados pero también muy felices, según se decía. Pero un día,
bruscamente, se supo con estupefacción que Beryl había abandonado el techo
conyugal. Es posible que Crafton se sintiera afectado por el acontecimiento. En
todo caso, no demostró nada. Se encerró literalmente en su casa, despidió a su
único sirviente y empezó a atender por sí mismo a las tareas domésticas. En mi
opinión, quedó tan afligido que enfermó moralmente. Desde entonces no ha dejado
de mostrarse salvaje y feroz… Eso es todo lo que puedo contarle sobre el
coronel Crafton. Como puede ver, no es una historia vulgar.
Yo demostré la mayor indiferencia.
-¡Bah! -dije-. Traigo unas excelentes
cartas de recomendación, y estoy decidido a intentar la aventura.
La casa del coronel estaba completamente
aislada de las otras. Tenía una hermosa y antigua fachada y parecía estar bien
cuidada.
El calor era sofocante.
Tuve que llamar tres veces antes de que
se abriera la puerta. De pie delante de mí, el propietario me miraba con aire
de desconfianza.
-¿Quién es usted y qué quiere? -me
preguntó en tono gruñón-. No tiene usted el aspecto de un vendedor ambulante ni
de un viajante de comercio, y sin embargo ha tirado del cordón de mi campanilla
exactamente igual que esos tipos groseros y maleducados.
Crafton no parecía tan áspero como me lo
habían descrito. Más bien bajo y corpulento, tenía un rostro de buena persona,
aunque sus ojos grandes y claros brillaban de un modo siniestro.
Cuando me oyó pronunciar el nombre del
comandante Wheel, su actitud se hizo inmediatamente más amistosa.
-Wheel es un caballero -dijo-, y no me
molestaría por nada. Pase.
A través de un pasillo de resonancias
cavernosas, me condujo a una especie de saloncito que sólo contenía el
mobiliario estrictamente indispensable, pero que aparecía limpio y coquetón.
-Antes que nada beberá usted algo -dijo
el coronel, en aquel tono autoritario que parecía serle peculiar-. Me
disculpará si no le acompaño, pero hace ya mucho tiempo que no pruebo el
alcohol.
Desapareció para regresar al cabo de unos
instantes, portador de una espléndida botella de vino del Rin y de un vaso de
aspecto muy antiguo.
El vino era delicioso y de un frescor
agradable. Así se lo manifesté al coronel.
Se inclinó, agradeciendo el cumplido, y
me preguntó cuál era el motivo de mi visita. Inmediatamente empecé a alabar con
entusiasmo los cromos para niños, poniendo de relieve el ferviente interés que
despertaban en mí semejantes colecciones. Luego expresé mi asombro ante el
hecho de que un antiguo oficial del Ejército pudiera ocuparse de cosas tan
tiernas y encantadoras.
Impasible al principio, su fisonomía
terminó por suavizarse.
-Las representaciones polícromas para
niños -dijo, con una voz un poco triste-, son los únicos vestigios de los
sueños que tuvieron los hombres de antaño. Para el que las sabe interpretar
abren una ventana a otro mundo, aunque yo no me atrevería a considerarme como
uno de esos privilegiados. En el fondo, no soy más que un viejo coleccionista
maníaco, prisionero de su propia pasión.
Una hora más tarde me encontraba sentado
en el gabinete de trabajo de mi anfitrión, ante una colección de cromos para
niños realmente única en el mundo. Olvidé que había venido para extraer del
coronel Crafton y de su secreto algún alimento substancial para mi pluma,
admirando los magníficos grabados que sometía a mi apreciación.
Eran innumerables, y algunos de ellos
debían tener un valor incalculable. Contemplé cromos impresos en un papel
soberbio, y que procedían de Bélgica, de Holanda y de Alemania. Las hazañas de
Pulgarcito sucedían a las aventuras de Cenicienta, y el cuento de El Gato con
Botas me entusiasmó tanto como la historia de Caperucita Roja.
La noche empezaba a caer y yo debía
pensar en retirarme pronto. Buscaba ya un pretexto para repetir mi visita en el
más breve plazo, cuando la Madre Naturaleza vino en mi ayuda.
En el momento en que me levantaba,
abandonando con gran pesar un maravilloso relato de Las Mil y Una Noches y una
interesante serie de cromos representando las diversas profesiones y oficios,
unos truenos imponente hicieron retemblar toda la mansión.
Aquella noche descargó una de las
tormentas más violentas que hayan estallado nunca en el cielo de Inglaterra. A
través de los postigos de las ventanas veíamos los árboles, a lo largo del
camino, sacudiendo frenéticamente sus copas descabelladas bajo la lluvia que
caía a torrentes.
La casa del coronel se alzaba sobre una
pequeña elevación del terreno, y eso motivó que se salvara de la inundación que
aquel día asoló Stoke-Newington y sus alrededores.
Crafton seguía con un aire enfurruñado la
evolución de la tormenta.
-No puedo dejarle marchar con ese
espantoso tiempo -murmuró finalmente-. Sólo un pato o una foca podrían alcanzar
vivos la Plaza del Mercado. Además, las comunicaciones con Londres deben estar
cortadas en este momento.
No puedo ofrecerle más que la
hospitalidad de un ermitaño, pero lo hago de todo corazón. ¿La acepta usted?
Asentí inmediatamente, expresándole toda
mi gratitud. El coronel fue en busca de dos hermosas lámparas de globo de
porcelana blanca y las colocó sobre la repisa de la chimenea. Luego se dedicó a
cerrar cuidadosamente todas las ventanas, explicándome que detestaba los
relámpagos.
Estaba hojeando uno de los últimos álbums
de cromos cuando Crafton me invitó a pasar al comedor.
Fuera, la tormenta continuaba rugiendo,
ora más tranquila, ora más violenta que nunca; en cuanto a la lluvia, se había
convertido en una verdadera catarata.
La estancia en la cual me introdujo mi
anfitrión estaba amueblada con gusto con piezas antiguas de estilo flamenco.
Encima de la chimenea de mármol había colgada una copia excelente de un famoso
cuadro. A la luz de las lámparas de escritorio, que el coronel había traído,
vino a unirse la de una pequeña araña de cristal, más suave, de modo que se
creó en la estancia una atmósfera agradable, a pesar de que en ella sólo se
hallaban un hombre de carácter áspero y un forastero.
Teniendo en cuenta su soledad, Crafton no
desempeñaba mal las tareas domésticas. La cena fría, servida en una vajilla
antigua, se componía de grandes lonchas de jamón ahumado, pescado, un buen
trozo de queso y frutas confitadas. Durante la cena se creó un ambiente de
verdadera amistad.
No hablamos ya de los grabados, sino que
nos pusimos a discutir temas de tipo militar, lo cual pareció complacer mucho
al coronel.
-Piense, amigo mío…
Me llamaba ya su amigo.
-Piense -decía-, que a veces transcurren
meses enteros sin que pueda conversar con alguien. Esto le permitirá comprender
lo que para mí significa su visita.
Fumaba, con visible placer, una pipa
bávara llena de tabaco holandés. Su rostro expresaba la más completa de las
satisfacciones.
-¡Bien! -dijo súbitamente-. Dadas las
circunstancias, voy a olvidar por una vez mis costumbres de abstemio. ¿Qué
opina de un ponche de arack? Yo también beberé un vaso.
Nunca había tenido ocasión de saborear un
licor mejor que aquel ponche.
Entretanto, la tormenta se había
desplazado hacia el sur, y la lluvia no repiqueteaba ya su concierto endiablado
sobre las ventanas.
Alcé la vista hacia el imponente reloj
flamenco que colgaba de la pared, y me asombré de que fuera ya tan tarde.
-¡Las doce cuarenta! -exclamé-. ¡Que
aprisa pasa el tiempo, coronel!
Mi anfitrión soltó entonces su pipa con
una mano temblorosa, echó una terrible ojeada al reloj y balbució:
-¡Las doce cuarenta! ¿Ha dicho usted las
doce cuarenta?
-Desde luego -contesté, un poco
sorprendido-. Cuando se habla de cosas tan interesantes, saboreando este
excelente ponche…
El anciano me agarró la muñeca y la
estrechó en su mano como en un torno.
-¡No me deje solo! ¡Oh, no me deje solo!
-suplicó-. Ahora no puede usted marcharse… Dígame, amigo mío, ¿qué hora señala
ese reloj?
-La saeta grande se acerca a los tres
cuartos de hora. Por lo tanto, pronto serán las doce cuarenta y cinco.
El coronel profirió un grito de demente.
-¿Cómo he podido velar hasta tan tarde?
-gimió-. El propio infierno se ha mezclado en esto. ¿Qué… qué hora es?
-Las doce cuarenta y cinco, coronel…
Con un amplio movimiento del brazo
derribó los vasos y, con todo el cuerpo estremecido de horror, señaló un rincón
de la estancia.
-¡Ahí está! -exclamó.
Yo no veía absolutamente nada, pero noté
que mi garganta se contraía, mientras el coronel no cesaba de repetir:
-¡Ahí está! ¡Ahí está!
Se inclinó hacia mí y me dijo con voz
ronca:
-¡La sombra! La sombra de las doce
cuarenta y cinco… ¿La ve usted, ahí?
Miré hacia el lugar que señalaba con el
dedo, pero no vi nada especial. Se lo dije. Sacudió lentamente la cabeza.
-Comprendo que no pueda usted verla
-murmuró, en voz baja-. Es tan débil… Pero seguramente puede oírla.
-¿Una sombra que hace ruido…? -empecé.
-¡Sí, un espíritu ruidoso! -me
interrumpió.
Concentré mi atención, y en aquel momento
una angustia absurda e irrazonada se apoderó de todo mi ser.
No distinguía nada, en efecto, pero oía
algo. Una especie de golpes sordos y regulares.
Me volví en todos los sentidos, para
tratar de localizar con exactitud el lugar del cual procedían aquellos
siniestros golpecitos. Ora parecían próximos, ora más alejados.
-¿Qué es ese ruido? -murmuré.
El coronel me miró fijamente.
-Es la sombra que golpea -respondió con
voz apenas audible.
-Pero, ¿dónde está? -exclamé.
-No lo sé -murmuró.
Súbitamente, se irguió.
-¡Vamos a verlo! -decidió entonces
Crafton en un tono más firme.
Se apoderó de una lámpara y me precedió
en el pasillo.
Los golpes eran ahora menos claros,
parecían descender del desván. Se lo hice observar a mi anfitrión, el cual
tendió el oído.
-No -afirmó-, proceden de la bodega.
¡Escuche!
Tenía razón. Era como si un martillo de
fieltro golpeara regularmente algún yunque de terciopelo en las tinieblas de la
bodega, cuya escalera de piedra empezaba a descender el coronel.
-¡Sígame! -ordenó.
El ruido sordo se hacía cada vez más
concreto y, sin poder explicarme el motivo, temía realmente acercarme al lugar
del cual procedía.
De repente, el anciano abrió una puerta
que daba a una bodega, en la cual había innumerables botellas cuidadosamente
alineadas. El coronel levantó un poco la lámpara.
-Golpea, golpea sin descanso -gimió.
-¡Santo cielo! Pero, ¿quién? -imploré.
-La sombra… La sombra de las doce
cuarenta y cinco. Golpea siempre a esta hora. Sin embargo, normalmente no la
oigo, porque estoy durmiendo. Pero esta noche me ha obligado usted a velar y a
soportar este martirio. ¡Es usted un canalla!
Alcé los ojos hacia Crafton. Su aspecto
era horrible. Sus ojos estaban inyectados en sangre y brillaban de un modo
amenazador. Su boca entreabierta descubría unos grandes dientes amarillos. ¿Era
aquél el hombre tranquilo y amable que coleccionaba los cromos policromados
para niños?
A nuestro alrededor continuaban resonando
los golpes, cada vez más rápidos. Instintivamente, tendí la mano hacia la
espesa capa de polvo que cubría las botellas. Éstas se deslizaron levemente
bajo la presión de mis dedos, y así pude darme cuenta de que en realidad
estaban vacías.
-¡Espía! -tronó el coronel-. ¡Asqueroso
espía! ¡Soplón!
Levantó el puño sobre mí.
Paralizado por un miedo indescriptible,
vi con horror que su mano estrechaba la empuñadura de un enorme cuchillo.
-¡Espía! -repitió con voz ronca.
Falló el golpe y derribó varias botellas.
Pero en aquel preciso instante -que para mí pudo haber sido el último-, recobré
súbitamente toda mi sangre fría. No temía ya a la sombra invisible, sabía que
en la bodega no había nadie más que aquel loco peligroso y yo.
-Coronel -dije tranquilamente-, ¿no cree
que ya tiene bastante con una sola sombra de las doce cuarenta y cinco?
Quedó como clavado al suelo y dejó caer
el cuchillo. Sus ojos perdieron su terrible expresión y parecieron
desintegrarse. La lámpara se le escapó de las manos y se apagó. Por fortuna, no
estalló.
Permanecí inmóvil en la oscuridad durante
unos minutos. En la bodega reinaba el más absoluto silencio, los golpes habían
cesado.
Cuando finalmente encendí un fósforo, vi
que Crafton estaba caído en el suelo. Muerto.
Abandoné inmediatamente la casa y,
chapoteando en el agua y el barro conseguí llegar a la posada de Los Alegres
Cocheros donde fui atendido por el patrón.
A la mañana siguiente acompañé a los
magistrados hasta la casa de Crafton, donde el médico forense comprobó que el
coronel había fallecido víctima de una crisis cardiaca.
-Supongo que en otros tiempos bebía mucho
-dije.
-Es posible -declaró el doctor-, pero si
es así debió dejar la bebida de golpe, hace ya mucho tiempo.
-Esa es mi opinión, también. Las botellas
vacías que se encuentran entre las otras lo demuestran claramente.
Los magistrados se disponían a marcharse,
cuando les pedí que hicieran levantar el suelo de la bodega.
-¿Por qué? -preguntó el oficial de la
policía.
-Para exhumar el cadáver de Mme. Crafton
que fue asesinada y enterrada aquí por su marido, hace varios años.
Y el cadáver fue descubierto
efectivamente en el lugar indicado.
Puse en antecedentes al médico forense.
-Yo soy responsable, en parte, de la
muerte del coronel -le dije-. Aquel hombre, que cometió su crimen bajo la
influencia de la bebida, se convirtió repentinamente en un abstemio de los más
convencidos. Anoche me invitó a beber, y súbitamente se sintió tentado a
acompañarme. Después de diez años de abstinencia total, no se bebe impunemente
un ponche de arack. Crafton se sintió transportado a las mismas circunstancias
del día en que perpetró su asesinato. Me atrevería a decir que a la misma
atmósfera. En efecto, apostaría una libra a que la noche del asesinato descargó
también una violenta tormenta sobre la región. ¿No?
-Es muy posible -respondió el médico.
Cuando le conté la siniestra historia de
los golpes -fenómeno que yo no conseguía aún explicarme-, sacudió la cabeza con
aire dubitativo.
-Creo que puedo aclarar ese misterio
-dijo, tras una breve vacilación-. Lo que usted oyó eran probablemente las
pulsaciones de Crafton, que presentaba de nuevo los síntomas del delirium
tremens. En el curso de semejante crisis, el corazón del enfermo empieza a
latir con tal fuerza que las personas presentes casi pueden oírlo. Además, el
miedo ocasionado por la hora fatal de las doce cuarenta y cinco, la hora del
crimen, aumentó sin duda la potencia de aquellos latidos. ¡El coronel Crafton
debió sufrir mucho!
Triggs había terminado su relato.
-Confieso -continuó- que la explicación
del médico forense no me satisfizo. Y el propio doctor no parecía creer
demasiado en ella. Por eso no me gusta mencionar aquella aventura. De todos
modos, yo no había esperado a las doce cuarenta y cinco para que el coronel me
resultara sospechoso.
-De un modo instintivo, claro está -dijo
Lord Penfield.
-Ni hablar. La idea se me ocurrió
mientras contemplaba la famosa colección de cromos para niños.
-¿Cómo? ¡Hable más claro, Triggs!
-Pues bien, nunca había podido admirar
una colección más completa que la del coronel Crafton. En ella se encontraban
representados todos los Cuentos de mi madre la Oca. Pero faltaba una de las
historias más famosas de todas las épocas, una historia que todos los niños
conocen: ¡la de Barba Azul! Crafton no hubiese podido ver el retrato de aquel
notorio asesino sin pensar inmediatamente en su propio crimen.
FIN
