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martes, agosto 25, 2026

LOS CUENTOS DE MI MADRE LA OCA de John Flanders

 






 

En el círculo literario donde acostumbraba a pasar la velada, M. Triggs de Scotland Yard se dejaba convencer a veces y contaba alguna de las aventuras de su carrera, larga y abundante en acontecimientos notables.

Un día, Lord Penfield, que escribía bajo un nombre supuesto unas obras de ocultismo muy apreciadas, le preguntó al célebre detective:

-¿Ha conocido usted realmente el miedo, Triggs?

-¡Y hasta qué punto! -respondió Triggs con la mayor sinceridad-. Pero, entendámonos: el miedo al que me refiero es esa angustia absurda e irrazonada que provoca la repulsa y finalmente la capitulación de la mente. Sí, creo haber conocido esa clase de miedo en el extraño caso de la sombra de las doce cuarenta y cinco.

-¡Nunca he oído hablar de esa historia!

-No es de extrañar. En primer lugar, se trata de una aventura que no me gusta mencionar. Y después, ocurrió hace mucho tiempo. Yo acababa de salir de la Universidad. Había obtenido ya, como aficionado, algunos éxitos policíacos, pero en aquella época no pensaba en hacer mi profesión de aquella clase de actividad.

-De hecho, nunca hemos sabido qué profesión escogió usted, Triggs -dijo uno de los presentes-. Creo que pensaba dedicarse usted a la abogacía, ¿no es cierto?

El detective se echó a reír.

-¡Al contrario! No lo soñaba siquiera. Mis estudios eran puramente científicos. Quería convertirme en profesor. Pero, cuando hube obtenido mi diploma, las plazas vacantes en la enseñanza eran tan escasas que me vi obligado a optar por otra profesión. Entonces me dediqué al periodismo, o, mejor dicho, a la literatura.

-¡Vaya! ¿Y de qué modo, Triggs? ¿Cómo escritor?

Triggs hizo una pausa y luego se decidió a contar su historia:

Debo confesar que, según los editores y los secretarios de redacción, yo carecía de estilo y de imaginación. Sin embargo, un hombre de buen corazón me encargó una novela, para complacerme y para permitirme ganar un poco de dinero.

El semanario que se declaró dispuesto a aceptar mi prosa se llamaba The Weekly Tales, y me ofrecían un penique por línea, lo cual constituía una honorable retribución.

Dejaron el tema a mi elección, con tal de que fuera interesante y de que provocara los debidos estremecimientos en el lector.

Transcurrió una semana sin que ninguna idea viniera a iluminar mi linterna.

Yo vivía entonces en un pequeño apartamento en una antigua calle de Covent Garden, un barrio de Londres que siempre he preferido a los otros. El apartamento contiguo al mío estaba ocupado por un militar retirado, el comandante Wheel, un hombre sencillo y directo que consideraba un deber proporcionar ayuda y consejo a todo el mundo.

Me invitaba a menudo a fumar una buena pipa en su casa, y a saborear en su compañía un vaso de su excelente whisky, que recibía directamente de Escocia.

Al observar mi aire preocupado, el comandante Wheel me preguntó sin rodeos qué me pasaba. Le hablé de la novela que tenía que escribir y de la inspiración que se hacía esperar, como todas las grandes damas.

Contrariamente a su costumbre, guardó silencio largo rato, perdido en sus pensamientos.

-No es una cosa corriente -declaró finalmente-. Y he de confesar que desconozco la materia. Sólo he leído a Walter Scott y a Dickens, y sería inútil pensar en imitar a aquellos genios… De todos modos, tal vez podría ponerle a usted en el camino. No pretendo que sea el bueno. ¿Qué le parecería la historia de un loco? Ya que es indiscutible que el coronel Crafton está loco, a pesar de que en su época fue uno de nuestros mejores oficiales de caballería. ¿Y si le visitara usted? En otros tiempos no parecía detestar mi presencia, y no hemos perdido la costumbre de felicitarnos mutuamente con ocasión del Año Nuevo. Actualmente, Crafton vive solo en una extraña mansión, en Stoke-Newington. Evidentemente, no hay que decirle que va usted allí para escribir una historia acerca de él… ¿Le gustan a usted los cromos policromados para niños?

-¡Qué pregunta más rara, comandante! Puedo asegurarle que, efectivamente, soy un gran aficionado a ellos.

-En tal caso, está usted salvado, ya que el coronel posee la más hermosa colección de cromos en color que existe en Inglaterra, y tal vez incluso en el mundo entero. Algunos los ha adquirido a unos precios increíbles. Pero es muy rico y puede permitirse esos caprichos.

-¿Qué tiene de especial, pues, su amigo Crafton?

Wheel mordisqueó pensativamente la boquilla de su pipa.

-Para una persona sensata, como yo me precio de ser, resulta muy difícil de decir. Mi pobre camarada se cree perseguido por un fantasma… Pero, vaya a verle, salúdele de mi parte y dele a entender que le gustaría mucho contemplar su colección de cromos para niños. Y, si se la enseña, no deje de expresar frecuentemente su admiración, y no escatime sus elogios. El resto vendrá por sus pasos contados.

Al día siguiente me dirigí a Stoke-Newington.

En aquella época, el lugar no era apenas más que una aldea, en la que abundaban las buenas posadas y las plazoletas cubiertas de vegetación.

Almorcé en un establecimiento muy agradable, llamado Los Alegres Cocheros, y le pregunté al patrón si sabía dónde vivía el coronel Crafton.

El hombre dio un respingo y casi se le cayó la pipa de la boca.

-Joven -me dijo, con aire preocupado-, espero que no habrá venido a Stoke-Newington para que le muelan a palos.

Sin duda esbocé una mueca de incredulidad, ya que el posadero añadió:

-Es lo que le espera en casa del coronel, en el supuesto de que no sea usted amigo suyo; en todo caso, los que se arriesgan a llamar a su puerta lo pasan mal.

-¿Es un malvado, o un loco?

-Ninguna de las dos cosas. Creo incluso que es muy sabio, y sé que entrega con regularidad a la alcaldía unas sumas considerables para los pobres. Pero no quiere ser molestado por nadie. Sin embargo, en otros tiempos no era tan severo.

-Me gustaría saber algo más acerca de él. ¿Puede usted…?

-Con mucho gusto -dijo el posadero-. Hace diez años, cuando se retiró del Ejército, se instaló en una casa que estaba en venta, en el otro extremo del pueblo. No era un hombre demasiado sociable, pero estaba lejos de ser el ogro en que ahora se ha convertido. Sólo entraba en el café dos veces por semana, los lunes y los jueves, y había elegido El Farol Antiguo, una posada que había perdido su clientela poco a poco y que atendían el viejo Sanderson y su hija Beryl… Un año después de la llegada del coronel a Stoke-Newington el viejo Sanderson murió, dejando sola a Beryl y abandonándole la dirección de un establecimiento en decadencia y, además, cargado de deudas. Beryl no se distinguía por su inteligencia, pero era una joven sana, alegre y de una conducta irreprochable. Crafton la pidió en matrimonio. Durante dos años vivieron muy retirados pero también muy felices, según se decía. Pero un día, bruscamente, se supo con estupefacción que Beryl había abandonado el techo conyugal. Es posible que Crafton se sintiera afectado por el acontecimiento. En todo caso, no demostró nada. Se encerró literalmente en su casa, despidió a su único sirviente y empezó a atender por sí mismo a las tareas domésticas. En mi opinión, quedó tan afligido que enfermó moralmente. Desde entonces no ha dejado de mostrarse salvaje y feroz… Eso es todo lo que puedo contarle sobre el coronel Crafton. Como puede ver, no es una historia vulgar.

Yo demostré la mayor indiferencia.

-¡Bah! -dije-. Traigo unas excelentes cartas de recomendación, y estoy decidido a intentar la aventura.

La casa del coronel estaba completamente aislada de las otras. Tenía una hermosa y antigua fachada y parecía estar bien cuidada.

El calor era sofocante.

Tuve que llamar tres veces antes de que se abriera la puerta. De pie delante de mí, el propietario me miraba con aire de desconfianza.

-¿Quién es usted y qué quiere? -me preguntó en tono gruñón-. No tiene usted el aspecto de un vendedor ambulante ni de un viajante de comercio, y sin embargo ha tirado del cordón de mi campanilla exactamente igual que esos tipos groseros y maleducados.

Crafton no parecía tan áspero como me lo habían descrito. Más bien bajo y corpulento, tenía un rostro de buena persona, aunque sus ojos grandes y claros brillaban de un modo siniestro.

Cuando me oyó pronunciar el nombre del comandante Wheel, su actitud se hizo inmediatamente más amistosa.

-Wheel es un caballero -dijo-, y no me molestaría por nada. Pase.

A través de un pasillo de resonancias cavernosas, me condujo a una especie de saloncito que sólo contenía el mobiliario estrictamente indispensable, pero que aparecía limpio y coquetón.

-Antes que nada beberá usted algo -dijo el coronel, en aquel tono autoritario que parecía serle peculiar-. Me disculpará si no le acompaño, pero hace ya mucho tiempo que no pruebo el alcohol.

Desapareció para regresar al cabo de unos instantes, portador de una espléndida botella de vino del Rin y de un vaso de aspecto muy antiguo.

El vino era delicioso y de un frescor agradable. Así se lo manifesté al coronel.

Se inclinó, agradeciendo el cumplido, y me preguntó cuál era el motivo de mi visita. Inmediatamente empecé a alabar con entusiasmo los cromos para niños, poniendo de relieve el ferviente interés que despertaban en mí semejantes colecciones. Luego expresé mi asombro ante el hecho de que un antiguo oficial del Ejército pudiera ocuparse de cosas tan tiernas y encantadoras.

Impasible al principio, su fisonomía terminó por suavizarse.

-Las representaciones polícromas para niños -dijo, con una voz un poco triste-, son los únicos vestigios de los sueños que tuvieron los hombres de antaño. Para el que las sabe interpretar abren una ventana a otro mundo, aunque yo no me atrevería a considerarme como uno de esos privilegiados. En el fondo, no soy más que un viejo coleccionista maníaco, prisionero de su propia pasión.

Una hora más tarde me encontraba sentado en el gabinete de trabajo de mi anfitrión, ante una colección de cromos para niños realmente única en el mundo. Olvidé que había venido para extraer del coronel Crafton y de su secreto algún alimento substancial para mi pluma, admirando los magníficos grabados que sometía a mi apreciación.

Eran innumerables, y algunos de ellos debían tener un valor incalculable. Contemplé cromos impresos en un papel soberbio, y que procedían de Bélgica, de Holanda y de Alemania. Las hazañas de Pulgarcito sucedían a las aventuras de Cenicienta, y el cuento de El Gato con Botas me entusiasmó tanto como la historia de Caperucita Roja.

La noche empezaba a caer y yo debía pensar en retirarme pronto. Buscaba ya un pretexto para repetir mi visita en el más breve plazo, cuando la Madre Naturaleza vino en mi ayuda.

En el momento en que me levantaba, abandonando con gran pesar un maravilloso relato de Las Mil y Una Noches y una interesante serie de cromos representando las diversas profesiones y oficios, unos truenos imponente hicieron retemblar toda la mansión.

Aquella noche descargó una de las tormentas más violentas que hayan estallado nunca en el cielo de Inglaterra. A través de los postigos de las ventanas veíamos los árboles, a lo largo del camino, sacudiendo frenéticamente sus copas descabelladas bajo la lluvia que caía a torrentes.

La casa del coronel se alzaba sobre una pequeña elevación del terreno, y eso motivó que se salvara de la inundación que aquel día asoló Stoke-Newington y sus alrededores.

Crafton seguía con un aire enfurruñado la evolución de la tormenta.

-No puedo dejarle marchar con ese espantoso tiempo -murmuró finalmente-. Sólo un pato o una foca podrían alcanzar vivos la Plaza del Mercado. Además, las comunicaciones con Londres deben estar cortadas en este momento.

No puedo ofrecerle más que la hospitalidad de un ermitaño, pero lo hago de todo corazón. ¿La acepta usted?

Asentí inmediatamente, expresándole toda mi gratitud. El coronel fue en busca de dos hermosas lámparas de globo de porcelana blanca y las colocó sobre la repisa de la chimenea. Luego se dedicó a cerrar cuidadosamente todas las ventanas, explicándome que detestaba los relámpagos.

Estaba hojeando uno de los últimos álbums de cromos cuando Crafton me invitó a pasar al comedor.

Fuera, la tormenta continuaba rugiendo, ora más tranquila, ora más violenta que nunca; en cuanto a la lluvia, se había convertido en una verdadera catarata.

La estancia en la cual me introdujo mi anfitrión estaba amueblada con gusto con piezas antiguas de estilo flamenco. Encima de la chimenea de mármol había colgada una copia excelente de un famoso cuadro. A la luz de las lámparas de escritorio, que el coronel había traído, vino a unirse la de una pequeña araña de cristal, más suave, de modo que se creó en la estancia una atmósfera agradable, a pesar de que en ella sólo se hallaban un hombre de carácter áspero y un forastero.

Teniendo en cuenta su soledad, Crafton no desempeñaba mal las tareas domésticas. La cena fría, servida en una vajilla antigua, se componía de grandes lonchas de jamón ahumado, pescado, un buen trozo de queso y frutas confitadas. Durante la cena se creó un ambiente de verdadera amistad.

No hablamos ya de los grabados, sino que nos pusimos a discutir temas de tipo militar, lo cual pareció complacer mucho al coronel.

-Piense, amigo mío…

Me llamaba ya su amigo.

-Piense -decía-, que a veces transcurren meses enteros sin que pueda conversar con alguien. Esto le permitirá comprender lo que para mí significa su visita.

Fumaba, con visible placer, una pipa bávara llena de tabaco holandés. Su rostro expresaba la más completa de las satisfacciones.

-¡Bien! -dijo súbitamente-. Dadas las circunstancias, voy a olvidar por una vez mis costumbres de abstemio. ¿Qué opina de un ponche de arack? Yo también beberé un vaso.

Nunca había tenido ocasión de saborear un licor mejor que aquel ponche.

Entretanto, la tormenta se había desplazado hacia el sur, y la lluvia no repiqueteaba ya su concierto endiablado sobre las ventanas.

Alcé la vista hacia el imponente reloj flamenco que colgaba de la pared, y me asombré de que fuera ya tan tarde.

-¡Las doce cuarenta! -exclamé-. ¡Que aprisa pasa el tiempo, coronel!

Mi anfitrión soltó entonces su pipa con una mano temblorosa, echó una terrible ojeada al reloj y balbució:

-¡Las doce cuarenta! ¿Ha dicho usted las doce cuarenta?

-Desde luego -contesté, un poco sorprendido-. Cuando se habla de cosas tan interesantes, saboreando este excelente ponche…

El anciano me agarró la muñeca y la estrechó en su mano como en un torno.

-¡No me deje solo! ¡Oh, no me deje solo! -suplicó-. Ahora no puede usted marcharse… Dígame, amigo mío, ¿qué hora señala ese reloj?

-La saeta grande se acerca a los tres cuartos de hora. Por lo tanto, pronto serán las doce cuarenta y cinco.

El coronel profirió un grito de demente.

-¿Cómo he podido velar hasta tan tarde? -gimió-. El propio infierno se ha mezclado en esto. ¿Qué… qué hora es?

-Las doce cuarenta y cinco, coronel…

Con un amplio movimiento del brazo derribó los vasos y, con todo el cuerpo estremecido de horror, señaló un rincón de la estancia.

-¡Ahí está! -exclamó.

Yo no veía absolutamente nada, pero noté que mi garganta se contraía, mientras el coronel no cesaba de repetir:

-¡Ahí está! ¡Ahí está!

Se inclinó hacia mí y me dijo con voz ronca:

-¡La sombra! La sombra de las doce cuarenta y cinco… ¿La ve usted, ahí?

Miré hacia el lugar que señalaba con el dedo, pero no vi nada especial. Se lo dije. Sacudió lentamente la cabeza.

-Comprendo que no pueda usted verla -murmuró, en voz baja-. Es tan débil… Pero seguramente puede oírla.

-¿Una sombra que hace ruido…? -empecé.

-¡Sí, un espíritu ruidoso! -me interrumpió.

Concentré mi atención, y en aquel momento una angustia absurda e irrazonada se apoderó de todo mi ser.

No distinguía nada, en efecto, pero oía algo. Una especie de golpes sordos y regulares.

Me volví en todos los sentidos, para tratar de localizar con exactitud el lugar del cual procedían aquellos siniestros golpecitos. Ora parecían próximos, ora más alejados.

-¿Qué es ese ruido? -murmuré.

El coronel me miró fijamente.

-Es la sombra que golpea -respondió con voz apenas audible.

-Pero, ¿dónde está? -exclamé.

-No lo sé -murmuró.

Súbitamente, se irguió.

-¡Vamos a verlo! -decidió entonces Crafton en un tono más firme.

Se apoderó de una lámpara y me precedió en el pasillo.

Los golpes eran ahora menos claros, parecían descender del desván. Se lo hice observar a mi anfitrión, el cual tendió el oído.

-No -afirmó-, proceden de la bodega. ¡Escuche!

Tenía razón. Era como si un martillo de fieltro golpeara regularmente algún yunque de terciopelo en las tinieblas de la bodega, cuya escalera de piedra empezaba a descender el coronel.

-¡Sígame! -ordenó.

El ruido sordo se hacía cada vez más concreto y, sin poder explicarme el motivo, temía realmente acercarme al lugar del cual procedía.

De repente, el anciano abrió una puerta que daba a una bodega, en la cual había innumerables botellas cuidadosamente alineadas. El coronel levantó un poco la lámpara.

-Golpea, golpea sin descanso -gimió.

-¡Santo cielo! Pero, ¿quién? -imploré.

-La sombra… La sombra de las doce cuarenta y cinco. Golpea siempre a esta hora. Sin embargo, normalmente no la oigo, porque estoy durmiendo. Pero esta noche me ha obligado usted a velar y a soportar este martirio. ¡Es usted un canalla!

Alcé los ojos hacia Crafton. Su aspecto era horrible. Sus ojos estaban inyectados en sangre y brillaban de un modo amenazador. Su boca entreabierta descubría unos grandes dientes amarillos. ¿Era aquél el hombre tranquilo y amable que coleccionaba los cromos policromados para niños?

A nuestro alrededor continuaban resonando los golpes, cada vez más rápidos. Instintivamente, tendí la mano hacia la espesa capa de polvo que cubría las botellas. Éstas se deslizaron levemente bajo la presión de mis dedos, y así pude darme cuenta de que en realidad estaban vacías.

-¡Espía! -tronó el coronel-. ¡Asqueroso espía! ¡Soplón!

Levantó el puño sobre mí.

Paralizado por un miedo indescriptible, vi con horror que su mano estrechaba la empuñadura de un enorme cuchillo.

-¡Espía! -repitió con voz ronca.

Falló el golpe y derribó varias botellas. Pero en aquel preciso instante -que para mí pudo haber sido el último-, recobré súbitamente toda mi sangre fría. No temía ya a la sombra invisible, sabía que en la bodega no había nadie más que aquel loco peligroso y yo.

-Coronel -dije tranquilamente-, ¿no cree que ya tiene bastante con una sola sombra de las doce cuarenta y cinco?

Quedó como clavado al suelo y dejó caer el cuchillo. Sus ojos perdieron su terrible expresión y parecieron desintegrarse. La lámpara se le escapó de las manos y se apagó. Por fortuna, no estalló.

Permanecí inmóvil en la oscuridad durante unos minutos. En la bodega reinaba el más absoluto silencio, los golpes habían cesado.

Cuando finalmente encendí un fósforo, vi que Crafton estaba caído en el suelo. Muerto.

Abandoné inmediatamente la casa y, chapoteando en el agua y el barro conseguí llegar a la posada de Los Alegres Cocheros donde fui atendido por el patrón.

A la mañana siguiente acompañé a los magistrados hasta la casa de Crafton, donde el médico forense comprobó que el coronel había fallecido víctima de una crisis cardiaca.

-Supongo que en otros tiempos bebía mucho -dije.

-Es posible -declaró el doctor-, pero si es así debió dejar la bebida de golpe, hace ya mucho tiempo.

-Esa es mi opinión, también. Las botellas vacías que se encuentran entre las otras lo demuestran claramente.

Los magistrados se disponían a marcharse, cuando les pedí que hicieran levantar el suelo de la bodega.

-¿Por qué? -preguntó el oficial de la policía.

-Para exhumar el cadáver de Mme. Crafton que fue asesinada y enterrada aquí por su marido, hace varios años.

Y el cadáver fue descubierto efectivamente en el lugar indicado.

Puse en antecedentes al médico forense.

-Yo soy responsable, en parte, de la muerte del coronel -le dije-. Aquel hombre, que cometió su crimen bajo la influencia de la bebida, se convirtió repentinamente en un abstemio de los más convencidos. Anoche me invitó a beber, y súbitamente se sintió tentado a acompañarme. Después de diez años de abstinencia total, no se bebe impunemente un ponche de arack. Crafton se sintió transportado a las mismas circunstancias del día en que perpetró su asesinato. Me atrevería a decir que a la misma atmósfera. En efecto, apostaría una libra a que la noche del asesinato descargó también una violenta tormenta sobre la región. ¿No?

-Es muy posible -respondió el médico.

Cuando le conté la siniestra historia de los golpes -fenómeno que yo no conseguía aún explicarme-, sacudió la cabeza con aire dubitativo.

-Creo que puedo aclarar ese misterio -dijo, tras una breve vacilación-. Lo que usted oyó eran probablemente las pulsaciones de Crafton, que presentaba de nuevo los síntomas del delirium tremens. En el curso de semejante crisis, el corazón del enfermo empieza a latir con tal fuerza que las personas presentes casi pueden oírlo. Además, el miedo ocasionado por la hora fatal de las doce cuarenta y cinco, la hora del crimen, aumentó sin duda la potencia de aquellos latidos. ¡El coronel Crafton debió sufrir mucho!

Triggs había terminado su relato.

-Confieso -continuó- que la explicación del médico forense no me satisfizo. Y el propio doctor no parecía creer demasiado en ella. Por eso no me gusta mencionar aquella aventura. De todos modos, yo no había esperado a las doce cuarenta y cinco para que el coronel me resultara sospechoso.

-De un modo instintivo, claro está -dijo Lord Penfield.

-Ni hablar. La idea se me ocurrió mientras contemplaba la famosa colección de cromos para niños.

-¿Cómo? ¡Hable más claro, Triggs!

-Pues bien, nunca había podido admirar una colección más completa que la del coronel Crafton. En ella se encontraban representados todos los Cuentos de mi madre la Oca. Pero faltaba una de las historias más famosas de todas las épocas, una historia que todos los niños conocen: ¡la de Barba Azul! Crafton no hubiese podido ver el retrato de aquel notorio asesino sin pensar inmediatamente en su propio crimen.

 

FIN

 


La IA ya sabe lo que hiciste en Internet

 




Borchers, Callum. AI Knows What You Did Online. Now Your Employer Does, Too. The Wall Street Journal, 16 de julio de 2026. https://www.wsj.com/lifestyle/careers/ai-knows-what-you-did-online-now-your-employer-does-too-49796adc?st=xRecFU&mod=flipboard

La inteligencia artificial está transformando los procesos de selección de personal al permitir que las empresas examinen con mucha más profundidad la huella digital de candidatos y empleados. Lo que antes consistía en una búsqueda superficial en Google se ha convertido en análisis automatizados capaces de rastrear publicaciones, imágenes, comentarios y perfiles dispersos por decenas de plataformas, incluso cuando los usuarios creen haber permanecido en el anonimato. Herramientas especializadas combinan reconocimiento facial, análisis de redes sociales y correlación de datos públicos para reconstruir la actividad digital de una persona con gran precisión.

El artículo explica que esta práctica ya no se limita a altos directivos o cargos especialmente sensibles. Gracias a la reducción de costes y al aumento de la capacidad de la IA, las verificaciones digitales se están extendiendo a puestos de atención al público y a muchos procesos ordinarios de contratación. Las empresas buscan detectar comportamientos que puedan afectar a su reputación, identificar posibles conflictos con sus valores corporativos o evaluar el encaje cultural de los candidatos. En algunos casos, el seguimiento continúa incluso después de la contratación mediante sistemas de monitorización permanente de la actividad pública en Internet.

Uno de los aspectos más llamativos es que la IA puede recuperar información que parecía olvidada. Publicaciones antiguas en redes sociales, fotografías comprometedoras, comentarios realizados hace muchos años o participaciones en plataformas de contenido para adultos, apuestas o mercados de predicción pueden reaparecer durante un proceso de selección. El artículo cita ejemplos recientes de figuras públicas cuyas antiguas publicaciones o contenidos digitales dañaron gravemente sus carreras, ilustrando cómo la permanencia de la información en Internet se convierte en un factor de riesgo profesional.

Sin embargo, eliminar por completo la presencia digital tampoco constituye una solución. Los expertos consultados advierten de que una huella digital excesivamente limpia o recientemente borrada puede despertar sospechas entre los responsables de contratación. Algunas empresas incluso desarrollan herramientas para detectar perfiles con una presencia en línea anormalmente escasa, ya que esto puede interpretarse como un intento deliberado de ocultar información o incluso como un posible fraude de identidad.

El artículo concluye que la mejor estrategia no consiste en desaparecer de Internet, sino en gestionar activamente la reputación digital. Se recomienda revisar periódicamente qué información aparece al buscar el propio nombre, eliminar contenidos claramente perjudiciales cuando sea posible, reforzar la privacidad de las cuentas y generar una presencia profesional positiva mediante páginas personales, perfiles actualizados o publicaciones relacionadas con la actividad laboral. En la era de la inteligencia artificial, la reputación digital deja de ser un aspecto secundario para convertirse en un elemento cada vez más determinante en el acceso y la permanencia en el mercado laboral.