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martes, agosto 25, 2026

LOS CUENTOS DE MI MADRE LA OCA de John Flanders

 






 

En el círculo literario donde acostumbraba a pasar la velada, M. Triggs de Scotland Yard se dejaba convencer a veces y contaba alguna de las aventuras de su carrera, larga y abundante en acontecimientos notables.

Un día, Lord Penfield, que escribía bajo un nombre supuesto unas obras de ocultismo muy apreciadas, le preguntó al célebre detective:

-¿Ha conocido usted realmente el miedo, Triggs?

-¡Y hasta qué punto! -respondió Triggs con la mayor sinceridad-. Pero, entendámonos: el miedo al que me refiero es esa angustia absurda e irrazonada que provoca la repulsa y finalmente la capitulación de la mente. Sí, creo haber conocido esa clase de miedo en el extraño caso de la sombra de las doce cuarenta y cinco.

-¡Nunca he oído hablar de esa historia!

-No es de extrañar. En primer lugar, se trata de una aventura que no me gusta mencionar. Y después, ocurrió hace mucho tiempo. Yo acababa de salir de la Universidad. Había obtenido ya, como aficionado, algunos éxitos policíacos, pero en aquella época no pensaba en hacer mi profesión de aquella clase de actividad.

-De hecho, nunca hemos sabido qué profesión escogió usted, Triggs -dijo uno de los presentes-. Creo que pensaba dedicarse usted a la abogacía, ¿no es cierto?

El detective se echó a reír.

-¡Al contrario! No lo soñaba siquiera. Mis estudios eran puramente científicos. Quería convertirme en profesor. Pero, cuando hube obtenido mi diploma, las plazas vacantes en la enseñanza eran tan escasas que me vi obligado a optar por otra profesión. Entonces me dediqué al periodismo, o, mejor dicho, a la literatura.

-¡Vaya! ¿Y de qué modo, Triggs? ¿Cómo escritor?

Triggs hizo una pausa y luego se decidió a contar su historia:

Debo confesar que, según los editores y los secretarios de redacción, yo carecía de estilo y de imaginación. Sin embargo, un hombre de buen corazón me encargó una novela, para complacerme y para permitirme ganar un poco de dinero.

El semanario que se declaró dispuesto a aceptar mi prosa se llamaba The Weekly Tales, y me ofrecían un penique por línea, lo cual constituía una honorable retribución.

Dejaron el tema a mi elección, con tal de que fuera interesante y de que provocara los debidos estremecimientos en el lector.

Transcurrió una semana sin que ninguna idea viniera a iluminar mi linterna.

Yo vivía entonces en un pequeño apartamento en una antigua calle de Covent Garden, un barrio de Londres que siempre he preferido a los otros. El apartamento contiguo al mío estaba ocupado por un militar retirado, el comandante Wheel, un hombre sencillo y directo que consideraba un deber proporcionar ayuda y consejo a todo el mundo.

Me invitaba a menudo a fumar una buena pipa en su casa, y a saborear en su compañía un vaso de su excelente whisky, que recibía directamente de Escocia.

Al observar mi aire preocupado, el comandante Wheel me preguntó sin rodeos qué me pasaba. Le hablé de la novela que tenía que escribir y de la inspiración que se hacía esperar, como todas las grandes damas.

Contrariamente a su costumbre, guardó silencio largo rato, perdido en sus pensamientos.

-No es una cosa corriente -declaró finalmente-. Y he de confesar que desconozco la materia. Sólo he leído a Walter Scott y a Dickens, y sería inútil pensar en imitar a aquellos genios… De todos modos, tal vez podría ponerle a usted en el camino. No pretendo que sea el bueno. ¿Qué le parecería la historia de un loco? Ya que es indiscutible que el coronel Crafton está loco, a pesar de que en su época fue uno de nuestros mejores oficiales de caballería. ¿Y si le visitara usted? En otros tiempos no parecía detestar mi presencia, y no hemos perdido la costumbre de felicitarnos mutuamente con ocasión del Año Nuevo. Actualmente, Crafton vive solo en una extraña mansión, en Stoke-Newington. Evidentemente, no hay que decirle que va usted allí para escribir una historia acerca de él… ¿Le gustan a usted los cromos policromados para niños?

-¡Qué pregunta más rara, comandante! Puedo asegurarle que, efectivamente, soy un gran aficionado a ellos.

-En tal caso, está usted salvado, ya que el coronel posee la más hermosa colección de cromos en color que existe en Inglaterra, y tal vez incluso en el mundo entero. Algunos los ha adquirido a unos precios increíbles. Pero es muy rico y puede permitirse esos caprichos.

-¿Qué tiene de especial, pues, su amigo Crafton?

Wheel mordisqueó pensativamente la boquilla de su pipa.

-Para una persona sensata, como yo me precio de ser, resulta muy difícil de decir. Mi pobre camarada se cree perseguido por un fantasma… Pero, vaya a verle, salúdele de mi parte y dele a entender que le gustaría mucho contemplar su colección de cromos para niños. Y, si se la enseña, no deje de expresar frecuentemente su admiración, y no escatime sus elogios. El resto vendrá por sus pasos contados.

Al día siguiente me dirigí a Stoke-Newington.

En aquella época, el lugar no era apenas más que una aldea, en la que abundaban las buenas posadas y las plazoletas cubiertas de vegetación.

Almorcé en un establecimiento muy agradable, llamado Los Alegres Cocheros, y le pregunté al patrón si sabía dónde vivía el coronel Crafton.

El hombre dio un respingo y casi se le cayó la pipa de la boca.

-Joven -me dijo, con aire preocupado-, espero que no habrá venido a Stoke-Newington para que le muelan a palos.

Sin duda esbocé una mueca de incredulidad, ya que el posadero añadió:

-Es lo que le espera en casa del coronel, en el supuesto de que no sea usted amigo suyo; en todo caso, los que se arriesgan a llamar a su puerta lo pasan mal.

-¿Es un malvado, o un loco?

-Ninguna de las dos cosas. Creo incluso que es muy sabio, y sé que entrega con regularidad a la alcaldía unas sumas considerables para los pobres. Pero no quiere ser molestado por nadie. Sin embargo, en otros tiempos no era tan severo.

-Me gustaría saber algo más acerca de él. ¿Puede usted…?

-Con mucho gusto -dijo el posadero-. Hace diez años, cuando se retiró del Ejército, se instaló en una casa que estaba en venta, en el otro extremo del pueblo. No era un hombre demasiado sociable, pero estaba lejos de ser el ogro en que ahora se ha convertido. Sólo entraba en el café dos veces por semana, los lunes y los jueves, y había elegido El Farol Antiguo, una posada que había perdido su clientela poco a poco y que atendían el viejo Sanderson y su hija Beryl… Un año después de la llegada del coronel a Stoke-Newington el viejo Sanderson murió, dejando sola a Beryl y abandonándole la dirección de un establecimiento en decadencia y, además, cargado de deudas. Beryl no se distinguía por su inteligencia, pero era una joven sana, alegre y de una conducta irreprochable. Crafton la pidió en matrimonio. Durante dos años vivieron muy retirados pero también muy felices, según se decía. Pero un día, bruscamente, se supo con estupefacción que Beryl había abandonado el techo conyugal. Es posible que Crafton se sintiera afectado por el acontecimiento. En todo caso, no demostró nada. Se encerró literalmente en su casa, despidió a su único sirviente y empezó a atender por sí mismo a las tareas domésticas. En mi opinión, quedó tan afligido que enfermó moralmente. Desde entonces no ha dejado de mostrarse salvaje y feroz… Eso es todo lo que puedo contarle sobre el coronel Crafton. Como puede ver, no es una historia vulgar.

Yo demostré la mayor indiferencia.

-¡Bah! -dije-. Traigo unas excelentes cartas de recomendación, y estoy decidido a intentar la aventura.

La casa del coronel estaba completamente aislada de las otras. Tenía una hermosa y antigua fachada y parecía estar bien cuidada.

El calor era sofocante.

Tuve que llamar tres veces antes de que se abriera la puerta. De pie delante de mí, el propietario me miraba con aire de desconfianza.

-¿Quién es usted y qué quiere? -me preguntó en tono gruñón-. No tiene usted el aspecto de un vendedor ambulante ni de un viajante de comercio, y sin embargo ha tirado del cordón de mi campanilla exactamente igual que esos tipos groseros y maleducados.

Crafton no parecía tan áspero como me lo habían descrito. Más bien bajo y corpulento, tenía un rostro de buena persona, aunque sus ojos grandes y claros brillaban de un modo siniestro.

Cuando me oyó pronunciar el nombre del comandante Wheel, su actitud se hizo inmediatamente más amistosa.

-Wheel es un caballero -dijo-, y no me molestaría por nada. Pase.

A través de un pasillo de resonancias cavernosas, me condujo a una especie de saloncito que sólo contenía el mobiliario estrictamente indispensable, pero que aparecía limpio y coquetón.

-Antes que nada beberá usted algo -dijo el coronel, en aquel tono autoritario que parecía serle peculiar-. Me disculpará si no le acompaño, pero hace ya mucho tiempo que no pruebo el alcohol.

Desapareció para regresar al cabo de unos instantes, portador de una espléndida botella de vino del Rin y de un vaso de aspecto muy antiguo.

El vino era delicioso y de un frescor agradable. Así se lo manifesté al coronel.

Se inclinó, agradeciendo el cumplido, y me preguntó cuál era el motivo de mi visita. Inmediatamente empecé a alabar con entusiasmo los cromos para niños, poniendo de relieve el ferviente interés que despertaban en mí semejantes colecciones. Luego expresé mi asombro ante el hecho de que un antiguo oficial del Ejército pudiera ocuparse de cosas tan tiernas y encantadoras.

Impasible al principio, su fisonomía terminó por suavizarse.

-Las representaciones polícromas para niños -dijo, con una voz un poco triste-, son los únicos vestigios de los sueños que tuvieron los hombres de antaño. Para el que las sabe interpretar abren una ventana a otro mundo, aunque yo no me atrevería a considerarme como uno de esos privilegiados. En el fondo, no soy más que un viejo coleccionista maníaco, prisionero de su propia pasión.

Una hora más tarde me encontraba sentado en el gabinete de trabajo de mi anfitrión, ante una colección de cromos para niños realmente única en el mundo. Olvidé que había venido para extraer del coronel Crafton y de su secreto algún alimento substancial para mi pluma, admirando los magníficos grabados que sometía a mi apreciación.

Eran innumerables, y algunos de ellos debían tener un valor incalculable. Contemplé cromos impresos en un papel soberbio, y que procedían de Bélgica, de Holanda y de Alemania. Las hazañas de Pulgarcito sucedían a las aventuras de Cenicienta, y el cuento de El Gato con Botas me entusiasmó tanto como la historia de Caperucita Roja.

La noche empezaba a caer y yo debía pensar en retirarme pronto. Buscaba ya un pretexto para repetir mi visita en el más breve plazo, cuando la Madre Naturaleza vino en mi ayuda.

En el momento en que me levantaba, abandonando con gran pesar un maravilloso relato de Las Mil y Una Noches y una interesante serie de cromos representando las diversas profesiones y oficios, unos truenos imponente hicieron retemblar toda la mansión.

Aquella noche descargó una de las tormentas más violentas que hayan estallado nunca en el cielo de Inglaterra. A través de los postigos de las ventanas veíamos los árboles, a lo largo del camino, sacudiendo frenéticamente sus copas descabelladas bajo la lluvia que caía a torrentes.

La casa del coronel se alzaba sobre una pequeña elevación del terreno, y eso motivó que se salvara de la inundación que aquel día asoló Stoke-Newington y sus alrededores.

Crafton seguía con un aire enfurruñado la evolución de la tormenta.

-No puedo dejarle marchar con ese espantoso tiempo -murmuró finalmente-. Sólo un pato o una foca podrían alcanzar vivos la Plaza del Mercado. Además, las comunicaciones con Londres deben estar cortadas en este momento.

No puedo ofrecerle más que la hospitalidad de un ermitaño, pero lo hago de todo corazón. ¿La acepta usted?

Asentí inmediatamente, expresándole toda mi gratitud. El coronel fue en busca de dos hermosas lámparas de globo de porcelana blanca y las colocó sobre la repisa de la chimenea. Luego se dedicó a cerrar cuidadosamente todas las ventanas, explicándome que detestaba los relámpagos.

Estaba hojeando uno de los últimos álbums de cromos cuando Crafton me invitó a pasar al comedor.

Fuera, la tormenta continuaba rugiendo, ora más tranquila, ora más violenta que nunca; en cuanto a la lluvia, se había convertido en una verdadera catarata.

La estancia en la cual me introdujo mi anfitrión estaba amueblada con gusto con piezas antiguas de estilo flamenco. Encima de la chimenea de mármol había colgada una copia excelente de un famoso cuadro. A la luz de las lámparas de escritorio, que el coronel había traído, vino a unirse la de una pequeña araña de cristal, más suave, de modo que se creó en la estancia una atmósfera agradable, a pesar de que en ella sólo se hallaban un hombre de carácter áspero y un forastero.

Teniendo en cuenta su soledad, Crafton no desempeñaba mal las tareas domésticas. La cena fría, servida en una vajilla antigua, se componía de grandes lonchas de jamón ahumado, pescado, un buen trozo de queso y frutas confitadas. Durante la cena se creó un ambiente de verdadera amistad.

No hablamos ya de los grabados, sino que nos pusimos a discutir temas de tipo militar, lo cual pareció complacer mucho al coronel.

-Piense, amigo mío…

Me llamaba ya su amigo.

-Piense -decía-, que a veces transcurren meses enteros sin que pueda conversar con alguien. Esto le permitirá comprender lo que para mí significa su visita.

Fumaba, con visible placer, una pipa bávara llena de tabaco holandés. Su rostro expresaba la más completa de las satisfacciones.

-¡Bien! -dijo súbitamente-. Dadas las circunstancias, voy a olvidar por una vez mis costumbres de abstemio. ¿Qué opina de un ponche de arack? Yo también beberé un vaso.

Nunca había tenido ocasión de saborear un licor mejor que aquel ponche.

Entretanto, la tormenta se había desplazado hacia el sur, y la lluvia no repiqueteaba ya su concierto endiablado sobre las ventanas.

Alcé la vista hacia el imponente reloj flamenco que colgaba de la pared, y me asombré de que fuera ya tan tarde.

-¡Las doce cuarenta! -exclamé-. ¡Que aprisa pasa el tiempo, coronel!

Mi anfitrión soltó entonces su pipa con una mano temblorosa, echó una terrible ojeada al reloj y balbució:

-¡Las doce cuarenta! ¿Ha dicho usted las doce cuarenta?

-Desde luego -contesté, un poco sorprendido-. Cuando se habla de cosas tan interesantes, saboreando este excelente ponche…

El anciano me agarró la muñeca y la estrechó en su mano como en un torno.

-¡No me deje solo! ¡Oh, no me deje solo! -suplicó-. Ahora no puede usted marcharse… Dígame, amigo mío, ¿qué hora señala ese reloj?

-La saeta grande se acerca a los tres cuartos de hora. Por lo tanto, pronto serán las doce cuarenta y cinco.

El coronel profirió un grito de demente.

-¿Cómo he podido velar hasta tan tarde? -gimió-. El propio infierno se ha mezclado en esto. ¿Qué… qué hora es?

-Las doce cuarenta y cinco, coronel…

Con un amplio movimiento del brazo derribó los vasos y, con todo el cuerpo estremecido de horror, señaló un rincón de la estancia.

-¡Ahí está! -exclamó.

Yo no veía absolutamente nada, pero noté que mi garganta se contraía, mientras el coronel no cesaba de repetir:

-¡Ahí está! ¡Ahí está!

Se inclinó hacia mí y me dijo con voz ronca:

-¡La sombra! La sombra de las doce cuarenta y cinco… ¿La ve usted, ahí?

Miré hacia el lugar que señalaba con el dedo, pero no vi nada especial. Se lo dije. Sacudió lentamente la cabeza.

-Comprendo que no pueda usted verla -murmuró, en voz baja-. Es tan débil… Pero seguramente puede oírla.

-¿Una sombra que hace ruido…? -empecé.

-¡Sí, un espíritu ruidoso! -me interrumpió.

Concentré mi atención, y en aquel momento una angustia absurda e irrazonada se apoderó de todo mi ser.

No distinguía nada, en efecto, pero oía algo. Una especie de golpes sordos y regulares.

Me volví en todos los sentidos, para tratar de localizar con exactitud el lugar del cual procedían aquellos siniestros golpecitos. Ora parecían próximos, ora más alejados.

-¿Qué es ese ruido? -murmuré.

El coronel me miró fijamente.

-Es la sombra que golpea -respondió con voz apenas audible.

-Pero, ¿dónde está? -exclamé.

-No lo sé -murmuró.

Súbitamente, se irguió.

-¡Vamos a verlo! -decidió entonces Crafton en un tono más firme.

Se apoderó de una lámpara y me precedió en el pasillo.

Los golpes eran ahora menos claros, parecían descender del desván. Se lo hice observar a mi anfitrión, el cual tendió el oído.

-No -afirmó-, proceden de la bodega. ¡Escuche!

Tenía razón. Era como si un martillo de fieltro golpeara regularmente algún yunque de terciopelo en las tinieblas de la bodega, cuya escalera de piedra empezaba a descender el coronel.

-¡Sígame! -ordenó.

El ruido sordo se hacía cada vez más concreto y, sin poder explicarme el motivo, temía realmente acercarme al lugar del cual procedía.

De repente, el anciano abrió una puerta que daba a una bodega, en la cual había innumerables botellas cuidadosamente alineadas. El coronel levantó un poco la lámpara.

-Golpea, golpea sin descanso -gimió.

-¡Santo cielo! Pero, ¿quién? -imploré.

-La sombra… La sombra de las doce cuarenta y cinco. Golpea siempre a esta hora. Sin embargo, normalmente no la oigo, porque estoy durmiendo. Pero esta noche me ha obligado usted a velar y a soportar este martirio. ¡Es usted un canalla!

Alcé los ojos hacia Crafton. Su aspecto era horrible. Sus ojos estaban inyectados en sangre y brillaban de un modo amenazador. Su boca entreabierta descubría unos grandes dientes amarillos. ¿Era aquél el hombre tranquilo y amable que coleccionaba los cromos policromados para niños?

A nuestro alrededor continuaban resonando los golpes, cada vez más rápidos. Instintivamente, tendí la mano hacia la espesa capa de polvo que cubría las botellas. Éstas se deslizaron levemente bajo la presión de mis dedos, y así pude darme cuenta de que en realidad estaban vacías.

-¡Espía! -tronó el coronel-. ¡Asqueroso espía! ¡Soplón!

Levantó el puño sobre mí.

Paralizado por un miedo indescriptible, vi con horror que su mano estrechaba la empuñadura de un enorme cuchillo.

-¡Espía! -repitió con voz ronca.

Falló el golpe y derribó varias botellas. Pero en aquel preciso instante -que para mí pudo haber sido el último-, recobré súbitamente toda mi sangre fría. No temía ya a la sombra invisible, sabía que en la bodega no había nadie más que aquel loco peligroso y yo.

-Coronel -dije tranquilamente-, ¿no cree que ya tiene bastante con una sola sombra de las doce cuarenta y cinco?

Quedó como clavado al suelo y dejó caer el cuchillo. Sus ojos perdieron su terrible expresión y parecieron desintegrarse. La lámpara se le escapó de las manos y se apagó. Por fortuna, no estalló.

Permanecí inmóvil en la oscuridad durante unos minutos. En la bodega reinaba el más absoluto silencio, los golpes habían cesado.

Cuando finalmente encendí un fósforo, vi que Crafton estaba caído en el suelo. Muerto.

Abandoné inmediatamente la casa y, chapoteando en el agua y el barro conseguí llegar a la posada de Los Alegres Cocheros donde fui atendido por el patrón.

A la mañana siguiente acompañé a los magistrados hasta la casa de Crafton, donde el médico forense comprobó que el coronel había fallecido víctima de una crisis cardiaca.

-Supongo que en otros tiempos bebía mucho -dije.

-Es posible -declaró el doctor-, pero si es así debió dejar la bebida de golpe, hace ya mucho tiempo.

-Esa es mi opinión, también. Las botellas vacías que se encuentran entre las otras lo demuestran claramente.

Los magistrados se disponían a marcharse, cuando les pedí que hicieran levantar el suelo de la bodega.

-¿Por qué? -preguntó el oficial de la policía.

-Para exhumar el cadáver de Mme. Crafton que fue asesinada y enterrada aquí por su marido, hace varios años.

Y el cadáver fue descubierto efectivamente en el lugar indicado.

Puse en antecedentes al médico forense.

-Yo soy responsable, en parte, de la muerte del coronel -le dije-. Aquel hombre, que cometió su crimen bajo la influencia de la bebida, se convirtió repentinamente en un abstemio de los más convencidos. Anoche me invitó a beber, y súbitamente se sintió tentado a acompañarme. Después de diez años de abstinencia total, no se bebe impunemente un ponche de arack. Crafton se sintió transportado a las mismas circunstancias del día en que perpetró su asesinato. Me atrevería a decir que a la misma atmósfera. En efecto, apostaría una libra a que la noche del asesinato descargó también una violenta tormenta sobre la región. ¿No?

-Es muy posible -respondió el médico.

Cuando le conté la siniestra historia de los golpes -fenómeno que yo no conseguía aún explicarme-, sacudió la cabeza con aire dubitativo.

-Creo que puedo aclarar ese misterio -dijo, tras una breve vacilación-. Lo que usted oyó eran probablemente las pulsaciones de Crafton, que presentaba de nuevo los síntomas del delirium tremens. En el curso de semejante crisis, el corazón del enfermo empieza a latir con tal fuerza que las personas presentes casi pueden oírlo. Además, el miedo ocasionado por la hora fatal de las doce cuarenta y cinco, la hora del crimen, aumentó sin duda la potencia de aquellos latidos. ¡El coronel Crafton debió sufrir mucho!

Triggs había terminado su relato.

-Confieso -continuó- que la explicación del médico forense no me satisfizo. Y el propio doctor no parecía creer demasiado en ella. Por eso no me gusta mencionar aquella aventura. De todos modos, yo no había esperado a las doce cuarenta y cinco para que el coronel me resultara sospechoso.

-De un modo instintivo, claro está -dijo Lord Penfield.

-Ni hablar. La idea se me ocurrió mientras contemplaba la famosa colección de cromos para niños.

-¿Cómo? ¡Hable más claro, Triggs!

-Pues bien, nunca había podido admirar una colección más completa que la del coronel Crafton. En ella se encontraban representados todos los Cuentos de mi madre la Oca. Pero faltaba una de las historias más famosas de todas las épocas, una historia que todos los niños conocen: ¡la de Barba Azul! Crafton no hubiese podido ver el retrato de aquel notorio asesino sin pensar inmediatamente en su propio crimen.

 

FIN

 


martes, junio 09, 2026

LA MALDICIÓN DE LA CASA SOLARIEGA John Flanders

 


LA MALDICIÓN DE LA CASA SOLARIEGA

 

John Flanders

 

Los viejos londinenses que quieren mandarle a uno al diablo cortésmente, dicen:

-¡Váyase a Berdmonsey!

Con una parte de la población de Kent, de Surrey y de Middlesex, las gentes de Berdmonsey forman la clase estúpida de Londres. Se caracterizan por una gran facilidad para la resignación.

-No somos malos, pero tenéis que aceptarnos tal como somos -declaran, sonriendo de un modo que obliga a perdonarles su falta de seso.

También Horace Hyslop era un pobre imbécil. No sólo porque había nacido en aquel barrio, porque vivía en él y pensaba acabar en él sus días, sino sobre todo porque era un solterón impenitente. Y ello a pesar de las rubias de ojos azules de Berdmonsey, muchachas que sin duda no brillaban tampoco por su inteligencia, pero que eran bonitas.

Para dirigirse desde la Abbey Street a Dockhead hay que atravesar todo un laberinto de callejones de muy mala fama. En una de ellas tenía su tienda de comestible Horace Hyslop.

Era una tienda sin pretensiones, pero en ella podía adquirirse a precios razonables todo lo que era útil o comestible: salmón salado o cordones de zapatos, bizcochos azucarados o pinceles de todas clases, papel matamoscas u hojas de afeitar baratas…

Cuando empieza esta sombría historia, M. Horace había sobrepasado ampliamente el medio siglo. Sus cabellos adquirían el color del viejo pergamino, y unos filamentos blancos como la nieve plateaban ya su barba. Tenía los ojos bondadosos de un fiel setter escocés y una nariz achatada, cuyo color rojizo daba lugar a unas declaraciones escépticas acerca de la sobriedad de su propietario.

Sin embargo, aquellas acusaciones no podían ser más injustas, ya que M. Hyslop sólo tomaba, por la noche, un modesto ponche compuesto de azúcar, mucha agua caliente y muy poco ron.

Una vez por semana, no obstante, se permitía un pequeño extraordinario en el figón de Abe Grummer, donde los diversos platos y bebidas eran alabados por medio de versos perfectamente rimados, como:

«Hasta los niños de teta conocen nuestras croquetas.»

O:

«En casa de Abe, en la esquina, el mejor vino se empina.»

Al morir, su padre Dave le había legado la tienda y un sólido capital amasado chelín a chelín, penique a penique. Pero M. Horace había heredado también de él su aversión a las viudas y a las solteronas, ya que la amada esposa del difunto M. Hyslop no había hecho nunca la vida fácil ni agradable a su marido.

Pero lo que el difunto no pudo desarraigar de su hijo fue su pasión por la lectura. Una pasión insensata la que experimentaba el joven Horacio, ya que la biblioteca Richards de la Tanner Street exigía dos peniques por semana por un volumen prestado, un gasto que cualquiera podía abstenerse de hacer en Berdmonsey.

Por la noche, después de haber cerrado la tienda y atrancado puertas y ventanas, M. Horace se retiraba a su estrecha cocina, atiborraba su pipa con uno de esos tabacos baratos de Kent, preparaba su modesto ponche y se ponía a leer unas obras cuyos títulos le prometían unas horas emocionantes: El Secreto de la Tumba, El Castillo de la Luna sangrienta, etc.

He aquí todo lo que hubiera podido contar sobre M. Horace Hyslop el más sabio de los historiadores de Berdmonsey.

No hay mucho que decir a propósito de su casa, excepto que la tienda no era muy grande -aunque atestada de mercancías como puede estarlo de comida el estómago de un avestruz-, que un estridente timbre estaba fijado en la puerta de entrada y que, en cuanto caía la noche, se encendía en el establecimiento una pequeña lámpara que proyectaba una claridad mortecina.

En la cocina, que servía también de trastienda, la calefacción quedaba asegurada por una pequeña estufa avarienta y la iluminación por un mechero de gas que suscitaba en las paredes mil sombras demenciales. Al fondo, en el rincón de la izquierda, una empinada escalera de caracol conducía al insalubre dormitorio del dueño de la casa.

-Exiguo, aunque suficientemente espacioso para vivir con una honorable esposa -murmuraban con aire decepcionado las damas de Berdmonsey que aspiraban al matrimonio.

Una noche de otoño húmeda y fría, en el preciso instante en que el tendero se disponía a cerrar el establecimiento, entró una mujer y pidió azúcar cande.

M. Horace no la había visto nunca. Pensando que podía convertirse en una nueva cliente, omitió el ejercer la habitual e indelicada presión sobre la balanza. La mujer recibió así una onza de azúcar más de lo que M. Horace solía entregar por una libra.

Con su abrigo negro y ajustado y su pequeño gorro de piel adornado con una pluma, la desconocida estaba muy elegante.

Pagó y salió de la tienda dando las buenas noches con una voz seca y, no obstante, melodiosa.

Aquella noche, M. Horace sorbió su ponche como de costumbre, pero soltó un momento Las Aventuras del Pirata Enmascarado para pensar en la enigmática desconocida.

-¡Tiene unos ojos inmensos! -se dijo-. ¡Y una extraña palidez!

Al día siguiente, la bruma del crepúsculo corría por las sinuosas callejas de Berdmonsey cuando la desconocida reapareció y compró media libra de bizcochos al jengibre y otros tantos macarrones.

-¿La señora vive en el barrio? -inquirió M. Horace.

Ella respondió negativamente y se marchó. En el umbral de la puerta se detuvo, volvió la cabeza y dijo:

-Buenas noches, M. Hyslop.

-¡Sabe mi nombre! -murmuró M. Horace, alzando los ojos hacia el mechero de gas-. En realidad, no tiene nada de sorprendente. Lo habrá leído en el letrero de la calle.

En voz más baja, añadió:

-¡Tiene unos dientes blanquísimos! ¡Y la tela de su abrigo es de una calidad superior!

No volvió a verla hasta al cabo de tres días. La desconocida se presentó a la misma hora y pidió dos onzas de queso y la misma cantidad de higos secos.

Fue el momento que escogió Betty Bleacher para entrar y pedir manteca de cerdo, sal y café.

La misteriosa desconocida depositó el importe de su compra sobre el mostrador y salió.

-¡Betty! -exclamó M. Horace, despechado-. Pudo usted aguardar un momento a que hubiera terminado de servir a esta dama. Ni siquiera he podido envolver adecuadamente sus mercancías.

Betty le miró con unos ojos redondos como platos.

-¿Qué dama? -inquirió, asombrada-. Yo no he visto a nadie. ¡Creo, mi querido Horace, que ha apurado usted ya su ponche vespertino!

La señorita Bleacher había tendido numerosos anzuelos con la esperanza de atrapar a M. Hyslop, pero sin duda los había provisto de cebos poco apetitosos, ya que todos sus esfuerzos habían resultado inútiles.

-¡Vieja loca! -gruñó M. Horace, cuyos pensamientos se volvieron inmediatamente hacia la dama vestida de negro-. ¡Qué mujer tan hermosa! -suspiró-. ¡Y tan elegante! Demasiado hermosa y elegante para vivir en estos alrededores.

No sabía que desde hacía unas noches los perros vagabundos de Berdmonsey se regalaban con azúcar cande, con bizcochos al jengibre, con macarrones, con queso y con higos secos, que una mano desenvuelta dejaba caer en las callejas del barrio.

Había cerrado ya puertas y ventanas cuando llamaron.

Fuera, el tiempo era tormentoso. El abrigo negro de la dama brillaba con mil gotas de lluvia.

-¿No quiere usted calentarse un momento junto a la estufa? -se arriesgó M. Horace.

Ella aceptó sentarse, pero en cambio rechazó el humeante ponche que le era ofrecido; permaneció inmóvil y silenciosa al lado de la estufa.

-Un tiempo asqueroso, ¿verdad? -dijo M. Hyslop-. No me extrañaría que nevara.

Ella inclinó la cabeza en señal de asentimiento, se puso en pie, le entregó un chelín por el paquete de chocolate que había comprado y luego desapareció en la tenebrosa calleja, cuyos dos únicos faroles había apagado el viento, como si se tratara de dos vulgares velas.

Un poco más tarde, tres perros famélicos se disputaban unas pastillas de chocolate caídas sobre el fango.

M. Hyslop continuaba ignorando este último detalle. Pero ahora la dama se presentaba cada noche, pedía alguna cosa, pagaba religiosamente su cuenta y se sentaba unos instantes cerca de la estufa avarienta, ya que el tiempo seguía siendo áspero y brumoso.

-¿Qué es lo que quiere de mí, en realidad? -se preguntaba M. Horace-. Apenas me dirige la palabra y, sin embargo, me da la impresión de que aquí se siente como en su casa. ¡De todos modos, no puede negarse que es hermosa y elegante!

Apenas se asombró cuando ella le dijo, una vez:

-Después de tanto tiempo, tendríamos que pensar en casarnos, Horace.

Y, como subyugado, M. Hyslop respondió:

-Sí.

Entonces se enteró de su nombre. Se llamaba Elfrida. Elfrida Smith.

Se unieron una mañana, muy temprano, en una pequeña capilla de la Green Street.

No era aún de día, y el clérigo tuvo que encender un cirio para poder leer un fragmento de la Biblia.

M. Hyslop le entregó la licencia de matrimonio, y su esposa le pagó la suma de quince chelines.

-¿Volvemos a casa? -inquirió M. Horace.

-A casa, sí -respondió ella-, pero a la mía.

-¡Ah! ¿Dónde vives, Elfrida?

-En el Middlesex -dijo ella, deteniendo con la mano un taxi que pasaba.

M. Horace la siguió, dócil como un cordero. Hubiera querido hacerle más preguntas, pero no pudo: su lengua estaba como atacada de parálisis.

En la estación de Paddington subieron a un tren que silbaba ya anunciando su próxima salida. El viaje fue relativamente corto.

La última estación que sobrepasaron antes de apearse fue la Yeading.

Abandonaron el tren en un lugar sórdido y desagradable; un viejo vagón en desuso servía a la vez de despacho y de sala de espera.

El encargado de recoger los billetes parecía desempeñar también las funciones de guardabarrera, de farolero y de jefe de estación.

-Buenas tardes, caballero -le dijo a M. Hyslop-. Un tiempo de perros, ¿verdad?

«¡Qué descortés! -pensó M. Horace, mientras el hombre se retiraba apresuradamente a su garita-. Ni siquiera ha saludado a mi esposa.»

Ésta seguía ya con paso rápido un angosto camino que serpenteaba entre unas tierras de barbecho y una enmarañada maleza.

-¿No hay modo de obtener un vehículo, querida? -preguntó M. Horace, visiblemente preocupado por su abrigo negro y su reluciente sombrero de copa, cada vez más empapados.

-No vamos muy lejos -dijo ella.

Bordearon todavía un bosquecillo cuyos árboles estaban atestados de graznantes cornejas. Luego alcanzaron una verja desarticulada y completamente oxidada, que emitió un espantoso chirrido cuando Elfrida la abrió, sin esfuerzo aparente.

-He aquí mi casa -dijo ella súbitamente.

M. Hyslop apenas daba crédito a sus ojos.

-¡Pero, es un castillo! -exclamó

-Un castillo, en efecto.

«Ya me parecía a mí que era una gran dama -pensó el tendero-. Pero, un castillo…»

En realidad se trataba de una casa solariega espantosa y desagradable, casi en ruinas. Los amorcillos crecían en abundancia al pie de las murallas que ocultaban su decrepitud bajo una espesa capa de musgo gris y fangoso. Un ambiente de tristeza invadía los alrededores.

-Los criados no están enterados de nuestra llegada -declaró Mme. Hyslop-. Entraremos por una de las puertas laterales.

Precedió a M. Horace en un pasadizo estrecho y oscuro, que olía a humedad y a madera podrida. Treparon por una oscura escalera que crujía y gemía bajo sus pasos, y desembocaron finalmente en un espacioso vestíbulo.

En un amplio hogar ardían unos troncos. M. Hyslop tuvo por un instante la sensación de que se habían encendido en el preciso momento en que ellos penetraban en la estancia, pero aquello había sido una simple ilusión, naturalmente. No obstante, aquel fuego no desprendía ningún calor. Un aire frío y húmedo flotaba en la inmensa sala.

En el centro se alzaba una gran mesa de ébano, rodeada de altos sillones de cuero.

-Sentaos -dijo Mme. Elfrida-. Voy a llamar al mayordomo para que prepare la cena. Pero antes permitidme que os sirva un poco de vino.

Sacó de una rinconera una panzuda botella y un vaso de fino cristal.

-¡Delicioso! -opinó M. Horace-. ¡Nunca lo había bebido mejor!

En su tienda vendía una especie de clarete al que bautizaba sucesivamente con los nombres de Mâcom, San Emilio o San Esteban, pero se preguntó inútilmente con qué nombre habría podido bautizar aquel excelente vinillo.

-¿Es oporto? -inquirió.

-Amontillado.

-¡Ah! Tendré que comprar de este amontillado -dijo M. Horace, vaciando su segundo vaso.

Paseó la mirada a través de la sala y la detuvo finalmente sobre un gran retrato que colgaba de la pared, al lado del hogar.

El retrato representaba a un hombre vestido a la antigua, con una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

El personaje tenía una cabellera rizada, una nariz aguileña y unos ojos melancólicos.

-¡Bien, bien! -exclamó M. Hyslop, que había vaciado ya la mitad de su tercer vaso-. Si la vista no me engaña, ese elegante personaje tiene un raro parecido conmigo… ¿No os parece?

-Es Sir Horacc Crofton -dijo Mme. Hyslop.

-¿Y se llama también Horace? ¡Que divertido! Servidme un poco más de este exquisito vino, querida. Decíais, pues, que se llamaba Sir Horace…

-Crofton. Le ahorcaron en Tyburn, el año 1663.

-¡Ahorcado! -exclamó el tendero-. ¡Pobre muchacho! ¿Y por qué motivo?

-Por el asesinato de su esposa, que está allí.

Señaló con el dedo otro retrato, colgado en la pared de enfrente.

-Lady Elfrida Crofton -añadió.

-Elfrida, ¿eh? ¡Extraordinario! ¡Realmente curioso! Pero, ¿son los efectos del vino o los de la luz crepuscular? ¡Podría jurarse que habéis servido de modelo al artista que pintó ese retrato!

-Sir Horace Crofton mezcló veneno con el vino de su esposa -continuó Elfrida-, y ella murió en la flor de su juventud.

-¡Espantoso! -dijo M. Horace, estremeciéndose-. Yo también conocí a un hombre que estuvo a punto de ser ahorcado. Se llamaba Bram Mudd. Le acusaban de haber administrado a su esposa una buena dosis de matarratas. Pero en el último momento se descubrió su inocencia.

El vino empezaba a subírsele peligrosamente a la cabeza. Súbitamente quedó como sumergido en una leve bruma.

-Un poco más de amontillado -balbució.

Pero su esposa no estaba sentada ya a la mesa. Creyó verla de pie contra la pared. M. Horace se levantó trabajosamente y se dirigió hacia ella, con paso titubeante.

-Amor mío… Casi había olvidado que estamos casados… Y ni siquiera he recibido un beso…

Se precipitó con los brazos extendidos hacia la pared, contra la cual chocó violentamente.

Había tomado por su esposa al retrato de Lady Crofton.

-¡Elfrida!

-¡Ah, ah, ah! -le respondió el eco.

Vio el cordón de una campanilla que colgaba de la pared. Tiró de él con una mano húmeda, pero la cuerda estaba podrida y quedó entre sus dedos, sin que hubiera resonado ningún campanillazo en la mansión. El fuego estaba apagado, en el hogar sólo quedaban unas cenizas negras y frías.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, M. Hyslop empezó a luchar contra los efectos embrujadores y diabólicos del vino. Se repuso lo suficiente como para arriesgarse a abandonar la sala y a visitar el castillo.

En el curso de aquella visita su asombro se acrecentó sin cesar, hasta convertirse en horror. Doquiera que dirigía sus pasos sólo encontraba estancias vacías y desiertas, techos decrépitos, escaleras en ruinas, muros cuarteados.

En vano trató de regresar al vestíbulo de los retratos, donde había bebido el amontillado.

-Y, sin embargo -gimió-, me he casado con ella. Esta misma mañana… ¡Oh, ese maldito vino!

Y, de repente, las tinieblas se espesaron a su alrededor.

Dándose cuenta de que la tienda llevaba algún tiempo cerrada, los vecinos avisaron a la policía, la cual descerrajó la puerta.

Horace Hyslop estaba colgado del sólido brazo del mechero de gas.

La muerte debía remontarse a varios días, ya que en la trastienda flotaba un espantoso olor a cadáver.

-¡Estaba loco! -exclamó el hombre que había acompañado a la fuerza pública al interior de la casa-. Tenía que estar loco para disfrazarse así.

En efecto, M. Hyslop llevaba una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

-Lleva encima más de cien libras de telas finas y metales preciosos -dijo uno de los agentes-. ¿Por qué se ha suicidado, pues?

-No se trata de un suicidio -declaró el inspector encargado de la investigación-. ¿Cómo hubiera podido atarse de ese modo, sin la ayuda de nadie?

Mientras pronunciaba aquellas palabras, señaló las cuerdas que apretaban fuertemente los brazos y las piernas del muerto.

-¡Qué coincidencia! -continuó el inspector-. Así es como antaño el verdugo de Tyburn ataba a los criminales para conducirlos a la horca. Incluso los nudos son iguales que los que se hacían en aquella época. En todo caso, esto sólo puede ser obra de un maníaco perfectamente enterado de cómo se llevaban a cabo los ajusticiamientos en los siglos pasados.

Las ruinas del castillo de Crofton no han vuelto a recibir, desde hace años, la visita de los derechohabientes que huyen como de la peste de la casa solariega maldita.

En la antigua sala de honor continúan tal cual los retratos de Sir Horace Crofton y de su esposa Lady Elfrida.

A la luz amarillenta del crepúsculo, los dos personajes se miran fijamente con sus ojos muertos, en los cuales, no obstante, brillan aún el enojo, el odio y la desesperación.

 

FIN

 


miércoles, diciembre 10, 2025

LOS NAIPES DE MARFIL Alfret M. Burrage

 

 


LOS NAIPES DE MARFIL

 

Alfret M. Burrage

 

Desde la edad de dos años, y hasta que cumplí los doce, vi muy poco a mi madre. Yo era el hijo póstumo de un padre que regentaba un modesto negocio y que dejó a mi madre casi en la miseria; de modo que poco después de quedarse viuda volvió a emplearse en la gran casa donde antes había trabajado en calidad de doncella.

Por fortuna para mí, los comerciantes del ramo de mi padre poseían un Montepío bastante bien organizado, y a su debido tiempo ingresé en una institución que me proporcionaba cama, comida y educación durante diez meses al año. Las vacaciones iba a pasarlas con mi tío, que tenía una panadería en Hounslow; y sólo veía a mi madre en sus ocasionales y breves visitas a la escuela o a la casa de su hermano.

Un año antes de mi duodécimo aniversario, mi madre había ascendido a la categoría de ama de llaves de Sir George Suttwell, en su gran mansión de Hampshire, y tenía muchos criados bajo su mando. Era una de aquellas mujeres fuertes, honradas y capaces, diseñadas especialmente por la naturaleza para ocupar modestas posiciones de confianza. Mi madre inspiraba una especie de miedo a la mayoría de la gente, y creo que los dos únicos seres a los cuales ella temía eran Sir George y su esposa. Le inspiraban un respeto rayano en la reverencia, y adoraba a la familia como si hubiese sido algún siervo feudal nacido y criado en la casa solariega.

Esa actitud hacia sus dueños contribuyó de un modo decisivo a nuestra larga separación. Mi madre temía pedir permiso para tenerme a su lado durante las vacaciones, pensando que yo podía hacer algo que atrajera sobre nuestras cabezas la cólera del Olimpo. De modo que fui creciendo y considerando a mi madre como a una persona querida y extraña al mismo tiempo, una gran dama cuyas periódicas visitas salpicaban la insulsa conversación de mis tíos de alusiones a cacerías, bailes de sociedad y cosas por el estilo que, en lo que a mí se refiere, podían haber tenido lugar en el planeta Marte.

Aunque yo quería a mi madre, como es natural, y siempre esperaba con afán el momento de verla, era bastante feliz con mis tíos cuando no estaba en la escuela. Mi tío, un buen hombre, era una de aquellas naturalezas sencillas que pueden buscar y encontrar compañía en un chiquillo. Poco amigo de salir de casa, su única afición era el fútbol, en calidad de espectador, desde luego; y cuando yo estaba en Hounslow siempre me llevaba con él a los partidos.

Me había enseñado a jugar al descarte y a la brisca, y muchas tardes jugábamos interminables partidas en la trastienda. Mi conocimiento del primero de aquellos juegos me valió más tarde el mejoramiento de mi educación, una modesta fortuna y los medios para establecerme por mi cuenta. Y la historia de aquella partida de descarte que me ganó un lugar en la vida muy por encima de la condición en que había nacido es algo que no reprocharé a ningún hombre que lo ponga en duda.

Acababa de cumplir los doce años cuando llegaron aquellas afortunadas vacaciones de Pascua.

Sir George y Lady Suttwell eran dos personas de cierta edad que raramente permanecían ausentes de su casa de Hampshire más de un fin de semana. Pero aquella primavera habían decidido efectuar algunas reformas necesarias en la casa y estarían fuera una temporada. Mi madre reunió el valor necesario para pedirles que le permitieran tenerme a su lado durante su ausencia. Los Suttwell no pusieron ningún inconveniente. «Ver Suttwell y morir» era una frase que había oído más de una vez de labios de mi madre; puede imaginarse, pues, el estado de excitación en que me sumió la perspectiva de aquel viaje.

Suttwell Court se encuentra en el borde occidental del New Forest, y a cuatro millas por carretera de la estación de Farringhurst. Recuerdo el tren, después de dejar atrás Southampton, llevándome a través de extensiones de bosque bañado por el sol y con el tierno verdor de la primavera. Pero el sol estaba muy bajo en el cielo cuando me apeé en el andén de Farringhurst, y unas nubes plomizas, avanzando por el oeste, tendían una lúgubre cortina sobre el atardecer.

En la estación me esperaba mi madre, la cual me besó y me acompañó hasta un destartalado vehículo que por espacio de una generación había servido de medio de transporte para los equipajes y los criados. Durante la mayor parte del trayecto, la lluvia repiqueteó contra las ventanillas y contra el techo del vehículo, y aquel melancólico final de un día brillante, añadido al hecho de que yo estaba cansado después de mi viaje, probablemente tendieron a deprimirme y a inspirarme los más absurdos presentimientos.

Supe que tenía un extraño e irrazonado temor a la casa cuando me asomé a la ventanilla y la vi por primera vez, mientras la cálida lluvia empapaba mis cabellos. Había imaginado que Suttwell Court era un palacio oriental como los que describen los cuentos de hadas, para descubrir que su aspecto resultaba todavía más lúgubre que el de la institución donde había pasado la mayor parte de mi vida. Entré en la enorme mansión con la misma sensación de espanto que experimenta un chiquillo al entrar por primera vez en una catedral.

Una sopa de salchichas en el gabinete de mi madre contribuyó a mejorar mi estado de ánimo. Un caballero muy amable, llamado Mr. Hewitt, compartió la cena con nosotros. Mi madre me dijo que era el mayordomo; y desde entonces en mi valoración de las categorías sociales los mayordomos se situaron a un nivel equivalente al de los miembros de la Cámara de los Lores. Me pareció que tenía más dignidad, más sentido del humor y más condescendencia hacia un niño de doce años que cualquiera de los profesores del orfelinato.

Mi madre me envió a la cama muy temprano, pero antes de hacerlo me mostró un poco, muy poco, de aquellas partes de la casa que en época normal eran sagradas. Entonces volví a sentirme deprimido y asustado. Todo era alarmantemente grande y macizo; no había ni un solo cuadro que no pareciera veinte veces mayor que un cuadro normal, ni un sillón en el cual no hubiese podido sentarse cómodamente un gigante. Las propias alfombras bajo mis pies eran un fastidio: temía que en cualquier momento me riñeran por andar sobre ellas.

Agradecí el hecho de que mi dormitorio se encontrara al final de un pasillo que parecía el rincón más sencillo de la casa, con esteras de paja en el suelo. En mi cuarto, el piso era de linóleo, y las alfombras, finas y gastadas, me recordaron Hounslow y el cómodo gabinete de tío Fred.

Mi estado de ánimo había mejorado al día siguiente, y la casa me pareció menos impresionante a la luz matinal, cuando, acompañado por mi madre, terminé de recorrerla. Mi madre, sumamente activa, se movía al compás de un perpetuo entrechocar de llaves, y ello me hizo sentir que era una persona muy importante, aumentando el respeto que ya me inspiraba. Una sola mirada le bastaba para escoger la llave que iba a utilizar, sin que se equivocara nunca. Y en cada una de las habitaciones que visitábamos tenía un breve comentario a punto, señalando un mueble raro o un cuadro interesante, o contando algún importante acontecimiento familiar que había tenido aquella estancia por escenario.

Supongo que los cuadros me interesaban más que cualquier otra cosa. Había muchos retratos de antepasados, especialmente en el vestíbulo y en la larga galería del piso alto. El parecido familiar entre aquellos Suttwell era muy notable, y si mi madre no me hubiera informado del parentesco que unía a aquellos personajes, habría pensado que todos los retratos eran del mismo hombre con diferentes vestidos y en épocas distintas de su vida.

En nuestro recorrido por la casa sólo dejamos de visitar una habitación, debido a que era la única de la cual mi madre no tenía la llave. La puerta cerrada se encontraba en el primer piso, en un pasillo que se extendía directamente desde la escalinata principal hasta el ala oeste, y mi curiosidad se despertó cuando mi madre pasó de largo ante ella.

-¿Qué hay ahí dentro? -pregunté.

-No lo sé -respondió secamente mi madre.

-Pero, ¿por qué no tienes la llave?

-La tiene Sir George. Si prefiere guardarla él, por algo será.

Pensé que mi madre estaba disgustada porque no le habían confiado la llave de aquella habitación junto con las demás, y que ése era el motivo de que respondiera a mis preguntas de un modo más brusco que de costumbre.

La misteriosa habitación me impresionó vivamente y mi fantasía se desbordó: alguien había cometido un asesinato allí. El esqueleto de un hombre yacía aún en el centro de la estancia, sobre una gran mancha de sangre seca… Pero cuando le sugerí aquella horrible y deliciosa posibilidad a mi madre, se mostró impaciente y muy desalentadora.

La casa hubiese sido un campo de juego ideal para mí si me hubieran permitido utilizarla como tal, pero estaba limitado a la habitación de mi madre y a la gran cocina, aunque a veces el amable Mr. Hewitt me permitía ayudarle a quitar el polvo de los cristales de su despensa. Fuera de la casa la situación no mejoraba. Los jardines eran todavía más sagrados para las pisadas que la gran alfombra gris del salón principal.

Pero los criados, dentro y fuera, se mostraban muy cariñosos conmigo, y parecían disfrutar malcriándome cuando mi madre no estaba a la vista. Ninguno de ellos idolatraba a la familia como mi madre, y Mr. Sturgess, que era uno de los jardineros y nunca estaba demasiado atareado para hablar, me contó más detalles de la historia de los Suttwell que mi propia madre. Un día me dejó sin aliento al decirme que Sir George era un hombre pobre. Parpadeé, para dar a entender que la cosa no resultaba fácil de creer.

-No me refiero a que a ti y a mí no nos gustara cambiarnos con él, por ejemplo -confesó Mr. Sturgess-. Pero no es un hombre rico de acuerdo con sus propias ideas. Cuando un personaje de su categoría empieza a vender tierras, mal van las cosas. Si el padre de Sir George estuviera vivo, la familia habría perdido la casa hace tiempo.

Y entonces me contó que durante muchas generaciones los cabezas de familia de la mansión habían sido alternativamente tacaños y despilfarradores. Un Suttwell había malgastado su fortuna y dejado un montón de deudas; su hijo había trabajado duramente para restablecer el equilibrio financiero de la casa, sólo para que la generación siguiente volviera a gastar sin medida.

-Sir Hugh, el padre de Sir George, fue el hombre más despilfarrador que pueda imaginarse -me informó Mr. Sturgess.

-Entonces, Sir George es un tacaño, ¿no? -pregunté.

Sturgess sonrió y se rascó la barbilla.

-Bueno, tal vez no sea ése el nombre exacto que puede dársele -dijo-. Pero no le falta mucho para serlo…, no le falta mucho.

Mis cinco primeros días en Suttwell Court transcurrieron agradablemente y con bastante placidez. Me atrevo a decir que mi aburrimiento habría sido completo si los criados no se hubieran mostrado tan predispuestos a alegrar mi estancia en la casa. Además, me gané el respeto de Mr. Hewitt enseñándole a jugar al descarte.

-El mejor juego de naipes para dos personas que se ha inventado nunca -fue su veredicto sobre el descarte.

La cosa ocurrió el sexto día de mi estancia en Suttwell Court.

Mi madre, amante como era de la disciplina, no me permitía permanecer levantado hasta altas horas de la noche. A las nueve y media en punto me besaba, encendía mi vela y me enviaba a la cama. Siempre, al cabo de media hora, la oía entrar en la habitación contigua a la mía.

Los obreros solían trabajar hasta la puesta del sol, pero aquella noche un grupo de ellos había decidido terminar una reparación en la escalera de la parte de atrás, de modo que cuando mi madre me envió a la cama tuve que cruzar el vestíbulo y subir por la escalinata principal.

Era una noche muy oscura, sin luna y sin estrellas, y la casa estaba sumida en una oscuridad casi total. Recuerdo las divertidas y horribles sombras que acompañaron mi paso a través del vestíbulo con mi pequeña vela, y cómo los ojos de los retratos me miraban fijamente a través de la penumbra, tal vez preguntándose con indignación qué derecho tenía yo a estar allí.

A mi alrededor, las sombras se alargaban y se hinchaban a medida que subía la escalinata, y me alegré de llegar al rellano, lejos de las miradas que me acechaban en el vestíbulo.

Había dado media docena de pasos por el pasillo que conducía al ala oeste, cuando me detuve súbitamente. Había llegado a la puerta de aquella misteriosa habitación cerrada y tuve que pararme y contemplarla unos instantes, como un chiquillo que carece del dinero necesario para entrar en un cine contempla el vestíbulo del local. Estaba a punto de reanudar mi camino cuando ocurrió algo que sé perfectamente que es cierto y que, no obstante, todavía me parece increíble.

De pronto, sin el menor ruido que me alarmara, la puerta se abrió. En el umbral apareció un caballero, y detrás de él la habitación estaba iluminada. Retrocedí un paso y miré. Estaba sorprendido, desde luego, pero no eché a correr muerto de miedo, como era de esperar.

El caballero sonreía. Sonreía con la boca y con los ojos, unos ojos que tenían una especie de brillo malicioso que yo había visto en más de una ocasión en algunos hombres aficionados a empinar el codo. Sin embargo, la expresión de su rostro era amable. En conjunto, su aspecto era tan amistoso que disipaba inmediatamente cualquier temor.

-¡Vaya! -exclamó con una voz suave y gutural-. ¡Si es un muchacho! ¡Hola, chico! Acércate…

Di un paso hacia él, sosteniendo mi vela. Iba vestido como uno de los retratos del vestíbulo, lo cual contribuía a aumentar su parecido con uno de los Suttwell. Una peluca, rizada y muy empolvada, ocultaba sus cabellos naturales.

Doy gracias al cielo porque en aquel momento no se me ocurriera pensar lo que ahora sé. El caballero parecía tan sólido y real como cualquier persona de las que hasta entonces había visto. Y los retratos habían puesto en mi mente infantil la idea de que los Suttwell continuaban circulando por el mundo con sus pelucas y sus encajes. El caballero era uno de aquellos semidioses a los que se aludía reverentemente como a «la familia». Me limité a sonreírle tímidamente, preguntándome cómo había conseguido entrar en la casa sin que mi madre, que lo sabía todo, se diera cuenta.

-¿Adónde ibas, muchacho? -me preguntó.

-A acostarme, señor.

-¿A acostarte? ¡Oh! -Tenía una voz petulante y, al mismo tiempo, ligeramente temblorosa-. Vamos, vamos… Ahora que estás aquí, no vas a negarme un rato de compañía… En estos últimos tiempos he estado muy solo.

Su voz se había impregnado de tristeza al pronunciar aquellas últimas palabras y me sentí conmovido. Luego dijo algo en francés que no pude comprender, pero me pareció que se trataba de una invitación para que entrara en la estancia, sobre todo al ver que se apartaba ligeramente a un lado mientras hablaba.

Entré, pues, en el cuarto misterioso. Estaba brillantemente iluminado, pero no recuerdo haber visto ninguna lámpara ni ninguna vela encendida. El apartamento era una especie de salón. Había una mesa en el centro, unos sólidos y antiguos sillones, libros, un escritorio… Y el polvo de siglos cubriéndolo todo con una espesa capa.

-Sí -dijo el caballero-, ahora tengo poca compañía, y no puedo mostrarme demasiado exigente. Los tiempos han cambiado. Confieso que llevo más tiempo del que puedo imaginar muriéndome de ganas de jugar una partida a las cartas. -Me miró, con las cejas enarcadas, como sabiendo de antemano lo ocioso de su pregunta-. Tú no juegas a las cartas, ¿verdad?

-Sí, señor -contesté-. Conozco algunos juegos.

Su sonrisa se ensanchó y luego sacudió la cabeza.

-Algún juego de villanos, sin duda -dijo-. Bueno, bueno, vale más un poco de cerveza que mucha agua… Será un verdadero placer sentir los naipes en mis manos otra vez. Bueno, ¿cuál es tu juego preferido, muchacho?

-Sé jugar al descarte -murmuré.

-¿Al descarte? -Sus ojos parecieron agrandarse a causa de la sorpresa y del placer que experimentaba-. ¡Al descarte! ¡El juego de moda en estos momentos! Oye, ¿quién diablos te ha instruido de ese modo?

Me encogí de hombros, sin saber qué contestar. El caballero, por su parte, no parecía esperar mi respuesta. Me dirigió una reverencia tan irónica y tan divertida que estuve a punto de echarme a reír, en vez de sentirme ofendido.

-Sir -dijo-, me siento profundamente honrado por vuestra compañía, y si jugáis al descarte sois bien venido a mis lares por partida doble. He perdido más guineas al descarte que pelos tengo en la cabeza. Si queréis honrarme con una partida…

Me miraba ansiosamente, como si pensara que podía negarme a jugar con él. No dije nada, limitándome a mirarle con una sonrisa intrigada y nerviosa.

Interpretó mi silencio como un mudo asentimiento, se acercó al escritorio, abrió un cajón y sacó una baraja. Luego dejó caer los naipes sobre la polvorienta mesa.

-¿A cuánto es la puesta? -inquirió, mirándome con sus ojillos burlones-. ¿Lo normal en el club?

Sospeché que se estaba mofando de mí, ya que un caballero como él no podía aceptar nada de un chiquillo. En realidad, yo no tenía nada que perder, pero estaba seguro de que, si ganaba, aquel amable y extravagante caballero no permitiría que me marchara con las manos vacías. De modo que sonreí y dije:

-Desde luego.

La baraja estaba preparada ya para jugar al descarte, es decir, que sólo contenía treinta y dos cartas, empezando por los sietes. Mientras los mezclaba me di cuenta por primera vez de la gran belleza y originalidad de los naipes: eran de marfil, pintados a mano y sometidos a un tratamiento que hacía inalterables los colores. Perdí la mano y acerqué un sillón a la mesa.

-¿Una ronda de tres juegos? -preguntó el caballero.

Asentí y empezó a dar. Mientras repartía las cartas observé que sus maneras habían cambiado. Su rostro había perdido su expresión jovial y estaba ahora terriblemente serio. No resultaba difícil adivinar cuál era uno de sus más arraigados vicios.

Empezamos a jugar. El caballero extendió su pequeño abanico de naipes con dedos temblorosos. Declaró el rey de triunfos y ganó dos puntos de la mano. Se llevó el primer juego por cinco puntos a dos.

Yo empezaba a estar asustado, aunque sin saber por qué. Pero la suerte me favoreció en el segundo juego, y sumé cinco puntos en tanto que él se quedaba con tres. Yo estaba bastante nervioso, pero cuando el caballero recogió las cartas para servir el último juego me pareció que su nerviosismo superaba al mío.

¡Y qué juego, Dios mío! Ninguna mano produjo más de un punto, con un total de cuatro, equitativamente repartidos. El triunfo era espadas: pedí cuatro cartas.

Me las sirvió una a una, y la primera que levanté era el rey de espadas.

-Me basta con el rey -dije, poniéndola boca arriba.

El caballero profirió un juramento y se puso en pie, arrojando violentamente sus cartas sobre la mesa. Me levanté, asustado, sin soltar el rey de espadas.

-Ésa es la clase de suerte que siempre me ha fastidiado -dijo el caballero, en un tono más tranquilo.

Y empezó a pasear de un lado para otro, con la cabeza inclinada sobre el pecho, hasta el punto de que me pregunté si estaría bromeando y esperaba que yo me echara a reír. Luego se detuvo y me miró fijamente.

-Muchacho -dijo-, te estoy muy agradecido por la compañía. ¿Qué dirías si no pudiera pagarte?

De nuevo me pregunté si se burlaba de mí.

-Por favor -dije-, el dinero no tiene importancia.

Sorprendentemente, mi respuesta pareció enojarle.

-Te estoy muy agradecido por la compañía, muchacho, pero maldito sea tu descaro. No hay ningún hombre, vivo o muerto, que pueda decir que Giles Suttwell no ha hecho honor a una deuda de juego. ¡Maldito sea tu descaro! ¿Me oyes? ¡Maldito sea tu descaro!

Me sentía tan asustado, que ni siquiera pude tartamudear una palabra de disculpa.

El caballero reanudó sus paseos por la habitación, con la cabeza inclinada y murmurando para sí mismo. Luego volvió a detenerse y a mirarme.

-¡Maldito sea tu maldito descaro! -exclamó-. Pero, ¿cómo voy a pagarte? ¡Ay! ¡Éste es el problema!

Se quedó pensando y luego, con gran alivio por mi parte, me señaló la puerta.

-Buenas noches -dijo-. Te estoy muy agradecido por la compañía, desde luego. Y maldigo tu descaro.

Me dirigí hacia la puerta. El caballero me siguió.

-Te pagarás tú mismo, muchacho -le oí decir-. Lo que era de mi padre es mío, aunque el maldito avaro lo ocultara a mis ojos y a los ojos de los que vinieron después. En la biblioteca…, el quinto tablero detrás de las estanterías a la izquierda de la puerta encarada al sur…, toma lo que te debo…

Me encontraba ya en el pasillo y me volví a mirarle mientras su voz se apagaba detrás de mí. No vi más que una puerta cerrada. Entonces, un intenso terror se apoderó de mí y eché a correr escaleras abajo, gritando, hasta encontrar el refugio de los brazos de mi madre. En aquel momento apenas comprendía nada, pero mi terror me dijo que había estado con algo que no era de la tierra ni era bueno.

Mi madre no hubiera creído una sola palabra de lo que le conté si no hubiese observado que agarraba algo convulsivamente en una de mis manos. Me obligó a abrir los dedos y cogió un naipe de marfil.

Era el rey de espadas.

Mi madre se arriesgó a prolongar mi estancia en la casa hasta que Sir George y su esposa regresaron. Les repitió palabra por palabra la historia que yo le había contado a ella, y les mostró el naipe de marfil.

Sir George apenas hizo ningún comentario.

Mucho más tarde me enteré de que la habitación donde se desarrollaron los extraños acontecimientos que acabo de narrar había sido cerrada porque se rumoreaba que era visitada por el fantasma de Sir Giles Suttwell, jugador y borracho empedernido, que había fallecido a finales del siglo XVIII.

La habitación fue abierta y en el escritorio se encontró una baraja de treinta y un naipes: una baraja completa para jugar al descarte… añadiéndole el rey de espadas. Y debido a que un chiquillo no puede entrar en una habitación cerrada y coger una carta del cajón cerrado de un escritorio, sin tener las llaves de la puerta ni del cajón, se prestó una atención especial a mi historia, y de un modo particular a su final.

Antes de Sir Giles el despilfarrador, el cabeza de familia había sido Sir Giles el tacaño. No sé el número de guineas que se encontraron en una habitación secreta detrás de las estanterías de la biblioteca. Lo único que sé es que mi madre y yo tenemos que agradecerle a Sir George la parte de ellas que nos entregó.

 

FIN

 

martes, septiembre 23, 2025

TORMENTAS .-Claire Keegan {Relato}

 



 

Mi madre soñaba cosas antes de que estas pasaran y, en sus sueños, encontraba cosas. Yo estaba en la mesa de la cocina cortando una caja de cartón para hacerle puertas y ventanas la mañana en que bajó y dijo que sabía dónde estaba Rua. Tenía mucha prisa.

-¡Voy!

-Apresúrate.

Era una de esas mañanas heladas a mitad de enero, cuando el aire es tan frío que parece nuevo. Cuando salimos, el viento empujó el aire que respiraba de vuelta a mis pulmones. La seguí por la senda hasta el bosque. Una becada voló sobre los árboles. Algo me decía que no debía hablar. Mi madre sabía adónde estaba yendo. Cruzamos una zanja y salimos a un campo de remolachas que no reconocí. Ella se detuvo y apuntó en dirección de un brezal.

-Está ahí -dijo.

Separamos los brezos y ahí estaba Rua, nuestro Setter rojo, con el cuello atrapado en un cepo. Parecía muerto, pero no pude desviar la mirada. Mi madre le aflojó el cepo y le habló. En el alambre había sangre. Lo cargamos hasta casa y le dimos leche, pero no podía tragar. Debajo del abrigo se le notaban los huesos y durmió por tres días. El cuarto día se levantó y siguió a mi madre por la casa como una sombra. Cuando le pregunté si yo también iba a encontrar cosas en mis sueños, ella me dijo que esperaba que eso nunca pasara. No le pregunté por qué. Aun cuando era una criatura, ya sabía desde hacía rato que por qué eran dos palabras que mi madre odiaba.

El tambo era una habitación fría y oscura que mis padres habían llenado con las cosas que apenas usaban, de la época previa a mi nacimiento. La pintura amarilla se abombaba en las paredes y las baldosas húmedas brillaban sobre el piso. Las bridas colgaban endurecidas de las vigas; sus bocados, polvorientos. La mantequera todavía estaba allí y el olor de la leche agria persistía en ella; la madera alisada, pero perforada por la carcoma, las paletas perdidas desde hacía rato. No recuerdo vidrios en esas ventanas, solo barrotes oxidados y el extraño aplauso del viento soplando por entre los árboles.

Alguien llevó la vieja incubadora a los empujones hasta adentro del tambo y un pollo se escapó; una cosa de metal oxidado que solía brillar como cuchara. Pusimos ahí pollos recién incubados, recogiéndolos en nuestras manos como pétalos amarillos y los soltamos en ese calor, bolas cubiertas de plumón con patas siempre en movimiento, asimilando ese calor como propio. El calor nos mantiene vivos. A veces esas bolas amarillas se caen, vencidas por el frío, las patas como flechas naranja apuntando hacia abajo. La mano de mi padre los descartaba como si fueran hierbajos. Mi madre los recogía con cuidado, inspeccionando esos cuerpecitos amarillos en busca de algún signo de vida y, al no descubrir ninguno, decía: «Mi pobre pollo», y me sonreía mientras los deslizaba por el conducto vertedor.

Los coladores de leche también estaban ahí, la gasa vieja colgando en racimos sucios sobre una hebra deshilachada. Y los frascos de mermelada de grosella silvestre que olían como a jerez, reducidos en el vidrio con un reborde de musgo. Mi madre siempre hizo más mermelada de la que podíamos comer. Solíamos hacer jalea de manzanas: cortábamos esas frutas ácidas en cuartos y las hervíamos hasta hacerlas pulpa, con corazones, semillas y todo; vertíamos el fluido grumoso en una funda de almohada vieja, atada a cada una de las patas de un taburete dado vuelta. Goteaba, goteaba, goteaba toda la noche dentro del frasco de conserva.

Iba al tambo cuando me mandaban; por un frasco de barniz, clavos de seis pulgadas, una brida para una yegua cabezona. El picaporte estaba demasiado alto. Tenía que pararme sobre una lata de creosota para alcanzarlo, y el metal sobre el que me paraba era delgado como una hoja. Cuando iba ahí por propia decisión, era para mirar en el arcón, una gran caja oxidada, una valija de pirata de niño. Era tan vieja que si la hubiera vaciado y puesto a la luz, habría sido como mirar a través de un colador. Adentro del arcón no había nada que me gustase: libros viejos, pegados por la humedad y sin ilustraciones, mapas oscurecidos y algunos libros de oraciones.

-Todo esto perteneció a la familia de tu padre -me dijo mi madre, empleando un volumen de voz que, se suponía, él no debía oír.

El arcón era tan largo como yo y la mitad de alto, con una tapa apretada y sin manijas. Lo habría abierto y mirado esas cosas, habría toqueteado los libros de lomos quebrados, con tapas perdidas. Era el pasado; el pasado estaba allí. Sentía que, si pudiese comprender sus contenidos, mi vida tendría más sentido. Pero eso nunca sucedió. Me habría hartado de mirar esas cosas, habría cerrado la tapa de un golpe, habría hecho rechinar el metal.

El próximo sueño cambió todo. Mi madre soñó con su madre, muerta. Sus gemidos me despertaron en medio de la noche. Alguien golpeaba ruidosamente la mesa de la cocina. Bajé furtivamente y me quedé allí, mirando en la oscuridad. Mi madre estaba acurrucada en el piso. Mi padre, quien nunca decía nada cariñoso, le hablaba con ternura, persuadiéndola con brandy, pronunciando su nombre.

-Mary, Mayree, ¡ah, Maayree!

Los dos, que nunca se tocaban, cuyos dedos soltaban la salsera antes de que el otro la agarrase, se estaban tocando. Volví a subir a gatas y escuché, mientras esas palabras cariñosas se convertían en otra cosa.

Por la mañana llegó el telegrama. El cartero se sacó la gorra y le dijo a mi madre que lamentaba los problemas que ella tenía. Mi madre enrolló el telegrama entre sus dedos como si fuera papel de armar cigarrillos. Mi padre hizo los arreglos. Vinieron desconocidos a casa. Una vecina me pegó en la mano cuando encendí la radio. Mi abuela, la mujer con el sarpullido violeta y los pechos surcados por venas azules, que hemos lavado como si se tratara de pintura, volvió rígida del geriátrico, en un cajón forrado con volados, y la pusimos en el frío del salón. Me levanté en medio de la noche y bajé a verla cuando no había nadie. Una ráfaga hizo que de la vela encendida cayera cera sobre el aparador. Sabía poco de ella, excepto que no les tenía miedo a los gansos enojados ni temía agarrarse tuberculosis. Podía curar todo tipo de enfermedad de las aves de corral. Mi madre había crecido rodeada por patos, gallinas y pavos. Le toqué la mano a mi abuela. El frío me dio miedo.

-¿Qué estás haciendo? -me preguntó mi madre.

Todo ese tiempo había estado allí sentada en la oscuridad.

-Nada -le dije.

Los vecinos vinieron a acompañarnos después del funeral, los coches se amontonaron en el camino. Me senté sobre las piernas de desconocidos. Me pasaban de unos a otros como a bolsa de tabaco y me tomé tres botellas grandes de 7UP.

Mi tía se quedó parada, custodiando el jamón. «¿A ver quién va a querer otra tajada?», preguntaba, con el cuchillo mortífero en la mano.

Mi madre se sentó mirando el fuego y jamás dijo palabra. Ni siquiera cuando Rua se subió al sofá y se puso a lamerse.

Pasaron meses. Mi madre se puso a limpiar el establo, aun cuando habíamos vendido las vacas hacía años. Iba con el cepillo y el balde, restregaba los pesebres, el pasillo, e incluso lustraba el tapacubos que empleábamos para servir la leche espumosa a los gatos. Y entonces volvía y le hablaba a las estatuas hasta el almuerzo. Se imaginaba tormentas, se encerraba debajo de las escaleras cuando oía viento, se ponía algodón en los oídos cuando venía el trueno, se escondía debajo de la mesa con Rua.

Una vez, mi padre y yo, enfardando centeno, la observamos en el campo, llamando a las vacas.

-¡Chuck! ¡Chuck! ¡Hersey! ¡Chuck! ¡Hersey!

Se quedó ahí parada, golpeando el balde de cinc para hacer que las vacas imaginarias vinieran a comer. Mi padre la llevó a la casa. Y fue entonces cuando mi madre empezó a vivir en el piso de arriba.

Así que, para cuando llegó el verano, yo era la que llevaba la gran tetera para los segadores de heno, con el pico tapado con una página sacada del Farmer’s Journal. Los hombres chupaban pajitas y me miraban, y le decían a mi padre groseramente que pronto estaría en edad.

Ella vino a buscarme en medio de la noche, vestida con un camisón rojo que nunca le había visto. Me sacó de la cama, bajamos los escalones a oscuras y salimos al prado segado, pasando los montones de heno, con nuestros pies descalzos a los que se pegaban semillas. Y seguimos subiendo por los campos de rastrojo, su mano atornillada a la mía, la parte de atrás de su camisón agitándose al viento. Y entonces alcanzamos la cima y nos recostamos boca arriba, a observar las estrellas, ella con su cabello color bronce y sus palabras de loca, no del todo sin sentido, pero intuyendo lo que nosotros no podíamos entender. Lo mismo que el perro es el primero en oír el coche en el camino.

Señaló lo que llamaba la cacerola, una disposición de las estrellas, y me contó cómo fue que llegó hasta allí. Era un cuento de animales que pasaba en la época de Nuestro Señor, en África. Hubo una sequía. El suelo se había vuelto polvo, e incluso el lecho de los ríos estaba seco. Los animales vagaban por África buscando algo que beber. Las ovejas perdieron la lana y las serpientes, sus pieles, pero una osa joven encontró una cacerola llena de agua y se la dio a beber a todos para sacarlos del apuro hasta que lloviese. Todos los animales bebieron hasta hartarse, pero la cacerola nunca se secaba. Tenía una manija curvada, y cuando llegó la lluvia, las estrellas adoptaron su forma, y eso es lo que pasó. Y entonces también yo pude verla en el cielo.

Estuvimos ahí hasta el amanecer, el olor del heno llegando con el viento. Me contó de mi padre, sobre cómo le había pegado durante quince años porque ella no era igual a las otras mujeres. Me enseñó la diferencia entre querer a alguien y que alguien nos gustara. Me dijo que yo le gustaba tan poco como él porque tenía sus mismos ojos crueles.

No entendí, pero fue entonces cuando empecé a ir al tambo sin que me mandaran. Era un lugar tranquilo. No había nada, solo el viento que soplaba y el borboteo del tanque de agua en lo alto. El agujero en el cielo raso, entre las vigas, permitía ver la casa de muñecas, el lugar donde mis primas solían llevar sus muñecas para golpearles las cabezas contra el tejado inclinado.

Fue un día de tormenta el día en que vino la camioneta para llevársela. Mi padre dijo que se estaba lastimando, pero no era nada que se pudiera ver. Le pregunté si quería decir que estaba sangrando por dentro.

-Algo así -dijo.

Pensé en la imagen del sagrado corazón sobre la estufa, el rojo corazón expuesto, iluminado por la lámpara roja que nunca se apagaba.

Los hombres están llegando a la casa para buscarla. Ella está debajo de la mesa. No puedo ver. Corro al tambo, abro el arcón y miro adentro. Saco un libro de oraciones y paso las páginas. Están gastadas y suaves como el brazo de mi madre. Abro uno de los mapas oscurecidos y rotos, y, hasta no encontrar un lugar que reconozca, no puedo distinguir cuál es la tierra y cuál es el mar. Hay un ala de insecto pegada a Noruega. Los oigo en la habitación de al lado. Abro otro libro y busco ilustraciones, pero no hay ninguna. Me meto en el arcón, me pongo en cuclillas. Oigo vidrio que se rompe. El sonido de lo que ha llegado a ser la voz de mi madre crece hasta el gemido. Algo cae. Empujo la tapa de lata, dejo que el metal caiga sobre mí con un chirrido de óxido, tenso. Todo se pone negro. Es como si yo ya no existiera. No soy yo sentada sobre libros húmedos, dentro de una lata grande y negra. El olor es viejo y mohoso como el olor de la panera o como el de la parte de atrás del aparador cuando quedan migas de torta. Un olor que tiene un siglo. Recuerdo que las ratas una vez royeron la rejilla de la incubadora. Llegaron hasta donde estaban los pollos y encontramos pedazos de plumones con patas por todas partes y las partes carnosas completamente comidas. A otros pollos los encontramos aterrados, exhaustos y escondidos entre latas de pintura o rollos de alambre, todavía incapaces de huir. Los levantamos, sus cuerpos amarillos palpitantes, gritos mínimos y enloquecidos.

Ahora yo manejo la casa. El último que dijo que estaba en edad recibió una quemadura. Mi madre siempre decía que no había nada peor que una quemadura. Y tenía razón. Sucede que no acepto tonterías de nadie. Dejan sus botas de goma afuera y mi padre deja los platos sucios sobre el escurridor. No lo he oído decir que las papas no tienen el centro bien cocinado. Sé usar la cuchara de servir para golpear. Eso también lo sabe. Rua da vueltas a la casa buscándola. Pienso en él como en la sombra de mi madre, vagando por la casa.

La visito los domingos, pero no sabe dónde está ni quién soy.

-Soy yo, mamá -le digo.

-Nunca pude soportar el olor a pescado -dice-. Él y sus arenques.

-¿No me reconoces? Soy Elena.

-¡Elena de Troya! ¡Métete en tu caballo! -dice.

Es buena con las cartas, les hace trampa a los otros y les saca el dinero que les dan para sus gastos cada semana, y la jefa de enfermeras tiene que ir hasta su armario para sacárselo cuando mi madre está en el baño. No se da cuenta. El dinero nunca tuvo ningún interés para mi madre.

Yo sigo volviendo al psiquiátrico. Me gusta el olor a desinfectante en los pasillos, los zapatos con suela de goma de las enfermeras, las peleas por los diarios dominicales. Me gusta que lo que hablan carezca de sentido. ¿Qué dice eso de mí? Mi madre siempre decía que la locura de una familia es hereditaria y yo la tengo por ambos lados. Vivo en una casa con el hombre con quien se casó mi madre. Tengo un perro que casi se murió, pero al que no le importa estar vivo. Cuando me miro al espejo, mis ojos son crueles.

Supongo que tengo mis propias razones para venir aquí. Tal vez necesito algo de lo que tiene mi madre. Un poco apenas. Me quedo con una parte pequeña para mi propia protección. Es como una vacuna. La gente no entiende, pero una tiene que enfrentar el peor caso posible para ser capaz de todo.

 

FIN