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martes, enero 21, 2025

EL ABISMO de Leonidas Andreiev

 




El día tocaba a su fin, pero la joven pareja continuaba paseando y hablando, sin prestar atención a la hora ni al camino. Delante de ellos, a la sombra de un otero, se erguía la masa oscura de un bosquecillo, y entre las ramas de los árboles, como carbones encendidos, ardía el sol, inflamando el aire y transformándolo en resplandeciente polvo dorado. El sol aparecía tan cercano y luminoso que todo semejaba desvanecerse; únicamente él permanecía, y pintaba el camino con sus propios tintes carmesíes. Hería los ojos de los paseantes, los cuales volvían la espalda, y de repente todo lo que caía dentro de su campo visual quedaba extinguido, se convertía prendió en el alto tronco de un abeto que resplandeció entre el verdor como una vela

en apacible y claro, y pequeño e íntimo. Algo más lejos, a una milla escasa de distancia, la roja puesta en una habitación a oscuras; el rojizo brillo del camino se extendía ante ellos, y cada piedra proyectaba su larga sombra negra; y los cabellos de la muchacha, bañados por los rayos del sol, brillaban ahora con un nimbo dorado. Un cabello suelto, separado del resto, ondeó en el aire como un áureo hilo tejido por una araña.

Las primeras sombras del atardecer no interrumpieron ni cambiaron el curso de su conversación. Continuó como antes, íntima y tranquila; continuó discurriendo sobre el mismo tema: sobre la fuerza, la belleza y la inmortalidad del amor. Los dos eran muy jóvenes; la muchacha no tenía más de diecisiete años; Ncmovctsky acababa de cumplir los veintiuno. Ambos llevaban uniformes de estudiantes: ella el modesto vestido de color pardo de alumna de una escuela femenina, su acompañante el elegante atuendo de un estudiante tecnológico. Y, al igual que su conversación, a su alrededor todo era joven, bello y puro. Sus figuras, erguidas y flexibles, avanzaban con un paso ligero, elástico; sus frescas voces, pronunciando incluso las palabras más vulgares con una reflexiva ternura, eran como un riachuelo en una tranquila noche de primavera, cuando la nieve no se ha fundido aún del todo en las laderas de las montañas.

Caminaban, doblando el recodo de un camino desconocido, y sus alargadas sombras, de cabezas absurdamente pequeñas, ora avanzaban separadamente, ora surgían juntas en una franja larga, angosta, como la sombra de un álamo. Pero ellos no veían las sombras, ya que estaban demasiado absortos en su charla. Mientras hablaba, el joven no apartaba sus ojos del bello rostro de la muchacha, sobre el cual la puesta de sol parecía haber dejado una medida de sus delicados tintes. En cuanto a ella, inclinaba su mirada sobre el sendero, apartando a un lado los diminutos guijarros con la contera de su sombrilla, y contemplaba ora un pie, ora el otro, a medida que surgían de debajo de su oscuro vestido.

El camino quedó interrumpido por una zanja de bordes polvorientos que tenían impresas unas huellas de pasos. Por un instante, los dos jóvenes se detuvieron. Zinochka levantó la cabeza, miró a su alrededor con aire perplejo y preguntó:

-¿Sabes dónde estamos? Nunca había estado aquí.

Su compañero examinó atentamente lo que les rodeaba.

-Sí, lo sé. Allí, detrás de la colina, está la ciudad. Dame la mano. Te ayudaré a cruzar.

Extendió su mano, blanca y delgada como la de una mujer, no estropeada por trabajos rudos. Zinochka se sentía alegre. Sentía deseos de saltar por encima de la zanja por sí misma, y de echar a correr, gritando: «¡Cógeme, si puedes!» Pero se contuvo, inclinó la cabeza con pudorosa gratitud y extendió tímidamente su mano, la cual conservaba su morbidez infantil. Nemovetsky experimentó el deseo de apretar fuertemente aquella manita temblorosa, pero se contuvo también, y con una leve inclinación la tomó cortésmente en la suya y volvió modestamente la cabeza cuando, al cruzar la zanja, la muchacha mostró de un modo fugaz su pantorrilla.

Y de nuevo andaron y hablaron, pero sus pensamientos estaban llenos del momentáneo contacto de sus manos. Ella sentía aún el seco calor de la palma y de los fuertes dedos masculinos; sentía placer y vergüenza, en tanto que él tenía conciencia de la sumisa blandura de la diminuta mano femenina, y veía la negra silueta de su pie y el pequeño zapato que lo envolvía tiernamente. Se sintió invadido por un repentino deseo de cantar, de extender sus manos hacia el cielo y de gritar: «¡Corre! ¡Quiero cogerte!», aquella antigua fórmula de amor primitivo entre los bosques y las ruidosas cascadas. Y, provocadas por todos aquellos deseos, las lágrimas afluyeron hasta su garganta.

Las alargadas sombras se desvanecieron, y el polvo del camino se hizo gris y frío, pero ellos no se dieron cuenta y continuaron charlando. Los dos habían leído muchos y buenos libros, y las radiantes imágenes de hombres y mujeres que habían amado, sufrido y perecido por puro amor se erguían delante de ellos. Sus memorias resucitaban fragmentos de versos casi olvidados, ataviados con la melodiosa armonía y la dulce tristeza que presta el amor.

-¿Recuerdas de dónde es esto? -inquirió Nemovetsky, recitando-: «…una vez más ella está conmigo, ella, a quien amo; de quien, no habiendo hablado nunca, oculto toda mi tristeza, mi ternura, mi amor…»

-No -respondió Zinochka, y repitió pensativamente-: «Toda mi tristeza, mi ternura, mi amor…»

-Todo mi amor -respondió Nemovetsky como un eco.

Otros recuerdos volvieron a ellos. Recordaron a aquellas muchachas, puras como azucenas, que, vestidas de negro, se sentaban solitarias en el parque, rumiando su pesar entre las hojas muertas, pero felices en medio de su pena. Recordaban también a los hombres que, abundando en voluntad y orgullo, imploraban el amor y la delicada compasión de unas mujeres. Las imágenes así evocadas eran tristes, pero el amor que se reflejaba en aquella tristeza era radiante y puro. Tan inmenso como el mundo, tan brillante como el sol, levantaba fabulosamente belleza delante de sus ojos, y no había nada tan poderoso ni tan bello sobre la faz de la tierra.

-¿Podrías morir por amor? -preguntó Zinochka, mientras contemplaba su mano infantil.

-Sí, podría -respondió Nemovetsky, convencido, y miró a su compañera a los ojos-. ¿Y tú?

-Sí, yo también. -La muchacha se quedó pensativa-. Morir por amor es una felicidad.

Sus ojos se encontraron. Unos ojos claros, límpidos, llenos de bondad. Sus labios sonrieron.

Zinochka se detuvo.

-Espera un momento -dijo-. Tienes un hilo en tu chaqueta.

La muchacha levantó una mano hasta el hombro del joven y, cuidadosamente, con dos dedos, cogió el hilo.

-¡Ya está! -exclamó-. Y, poniéndose seria, preguntó-: ¿Por qué estás tan pálido y delgado? Estudias demasiado…

-Y tú tienes los ojos azules, con unas chispitas doradas -replicó Nemovetsky, contemplando los ojos de la muchacha.

-Y los tuyos son negros. No, castaños. Parecen brillar. Hay en ellos…

Zinochka no terminó la frase. Volvió la cabeza, sus mejillas enrojecieron, sus ojos adquirieron una expresión tímida, en tanto que sus labios sonreían involuntariamente. Sin esperar a Nemovetsky, que sonreía también con secreto placer. la muchacha echó a andar, pero no tardó en detenerse.

-¡Mira, el sol se ha puesto! -exclamó con pesaroso asombro.

-Sí, se ha puesto -respondió el joven con una nueva tristeza.

La luz se había desvanecido, las sombras habían muerto, todo palidecía, agonizaba. En aquel punto del horizonte donde había ardido el sol se acumulaban ahora, en silencio, oscuras masas de nubes, las cuales conquistaban paso a paso el espacio azul. Las nubes se reunían, se empujaban una a otra, transformaban lentamente sus perfiles monstruosos; avanzaban, como empujadas contra su voluntad por alguna fuerza terrible, implacable.

Las mejillas de Zinochka se pusieron más pálidas y sus labios más rojos; sus pupilas se agrandaron imperceptiblemente, oscureciendo los ojos. Susurró:

-Estoy asustada. Me preocupa el silencio que nos rodea. ¿Nos hemos extraviado?

Nemovetsky frunció sus pobladas cejas y miró a su alrededor.

Ahora que el sol había desaparecido y que la cercana noche respiraba con aire fresco, todo parecía frío e inhóspito. El campo gris se extendía a uno y otro lado con su raquítica hierba, sus lomas y sus hondonadas. Había muchas de aquellas hondonadas, algunas profundas, otras pequeñas y llenas de vegetación; la silenciosa oscuridad nocturna se había deslizado ya en ellas; y debido a la existencia de indicios de cultivos, el lugar parecía aún más desolado.

Nemovetsky aplastó la sensación de inseguridad que pugnaba por invadirle y dijo:

-No, no nos hemos extraviado. Conozco el camino. Primero a la izquierda, luego a través de aquel bosquecillo. ¿Tienes miedo?

Ella sonrió valientemente y respondió:

-No. Ahora, no. Pero tenemos que llegar pronto a casa y tomar un poco de té.

Apresuraron el paso, para volver a acortarlo en seguida. No miraban a los lados del camino, pero notaban la indolente hostilidad del campo labrado, el cual les rodeaba con un millar de diminutos ojos inmóviles, y aquella sensación les acercó más el uno al otro y despertó en ellos recuerdos de la infancia. Recuerdos luminosos, llenos de sol, de verde follaje, de amor y de risas. Era como si aquello no hubiese sido una vida sino un canto inmenso y melodioso, y ellos mismos hubiesen formado parte de aquel canto como sonidos, como dos leves notas: una clara y resonante como puro cristal, la otra algo más opaca pero más animada al mismo tiempo, como una pequeña campana.

Empezaron a aparecer señales de vida humana. Dos mujeres estaban sentadas, en el borde de una hondonada. Una de ellas tenía las piernas cruzadas y miraba fijamente hacia el fondo del agujero. Levantó su cabeza tocada con un pañuelo, del cual se escapaban mechones de enmarañados cabellos. Llevaba una blusa muy sucia con flores estampadas, tan grandes como manzanas; sus cordones estaban sueltos. No miró a los que pasaban. La otra mujer estaba muy cerca, medio reclinada, con la cabeza echada hacia atrás. Tenía un rostro ancho y basto, con facciones de campesino, y, debajo de sus ojos, los prominentes pómulos mostraban dos manchas rojizas, semejantes a arañazos muy recientes. Iba más sucia aún que la primera mujer, y miró descaradamente a los dos jóvenes. Cuando éstos hubieron pasado, la mujer empezó a cantar con una voz recia, masculina:

«Sólo por ti, adorado mío, reventaré como una flor…»

-Varka, ¿has oído? -La mujer se volvió hacia su silenciosa compañera y, al no recibir respuesta, estalló en una ronca carcajada.

Nemovetsky había conocido a tales mujeres, que eran sucias incluso cuando llevaban lujosos vestidos; estaba acostumbrado a ellas, y ahora se deslizaron de su retina y se desvanecieron, sin dejar ningún rastro. Pero Zinochka, que casi las había rozado con su modesto vestido, notó que algo hostil invadía su alma. Pero al cabo de unos instantes aquella impresión se había desvanecido, como la sombra de una nube cruzando rápidamente el florido prado; y cuando, avanzando en la misma dirección, pasó junto a ellos un hombre descalzo, acompañado por otra de aquellas mujeres, Zinochka los vio, pero no les prestó la menor atención…

Y una vez más andaron y hablaron, y detrás de ellos se movió, a regañadientes, una nube oscura, proyectando una sombra transparente… La oscuridad fue espesándose paulatinamente. Ahora, los dos jóvenes hablaban de aquellos terribles pensamientos y sensaciones que visitan al hombre durante la noche, cuando no puede dormir y todo es silencio a su alrededor; cuando la oscuridad, inmensa y dotada de múltiples ojos, se aplasta contra su rostro.

-¿Puedes imaginar lo infinito? -preguntó Zinochka, llevándose una mano a la frente y cerrando los ojos.

-¿Lo infinito? No… -respondió Nemovetsky, cerrando también sus ojos.

-A veces lo veo. Lo percibí por primera vez cuando era muy pequeña. Imagina un gran número de cartas. Una, otra, otra más, cartas sin fin, una infinidad de cartas… ¡Es terrible!

Zinochka tembló.

-Pero, ¿por qué cartas? -sonrió Nemovetsky, aunque se sintió incómodo.

-No lo sé. Pero yo veía cartas. Una, otra… sin fin.

La oscuridad se iba espesando. La nube había pasado ya por encima de sus cabezas y, estando delante de ellos, podía ver ahora los rostros de los dos jóvenes, cada vez más pálidos. Las figuras harapientas de otras mujeres como las que habían encontrado aparecían con más frecuencia; como si las profundas hondonadas, excavadas con algún propósito desconocido, las vomitaran a la superficie. Ora solitarias, ora en grupos de dos o de tres, aparecían, y sus voces resonaron ruidosas y extrañamente desoladas en el aire inmóvil.

-¿Quiénes son esas mujeres? ¿De dónde vienen? -preguntó Zinochka en voz baja y temblorosa.

Nemovetsky sabía qué clase de mujeres eran aquéllas. Se sentía aterrorizado por haber caído en aquella perversa y peligrosa vecindad, pero respondió tranquilamente:

-No lo sé. No tiene importancia. No hablemos de ellas. Pronto estaremos en casa. Sólo tenemos que atravesar ese bosquecillo y llegaremos a la ciudad. Lástima que hayamos salido tan tarde.

La muchacha encontró absurdas aquellas palabras. ¿Cómo podía decir que habían salido tarde, si no eran más que las cuatro? Miró a su compañero y sonrió. Pero las cejas de Nemovetsky continuaron fruncidas, y, para tranquilizarle y consolarle, Zinochka sugirió:

-Vamos a andar más aprisa. Quiero tomar un poco de té. Y el bosquecillo está muy cerca ahora.

-Sí, vamos a andar más aprisa.

Cuando penetraron en el bosquecillo y los silenciosos árboles se unieron en un arco encima de sus cabezas, la oscuridad se hizo más intensa, pero la atmósfera resultó también más apacible y tranquila.

-Dame la mano -propuso Nemovetsky.

Ella le dio la mano, con cierta indecisión, y el leve contacto pareció iluminar la oscuridad. Sus manos no se movían ni se apretaban una a otra. Zinochka incluso se apartó un poco de su compañero. Pero toda su conciencia estaba concentrada en la percepción del diminuto lugar del cuerpo donde las manos se tocaban. Y de nuevo llegó el deseo de hablar acerca de la belleza y del misterioso poder del amor, pero hablar sin violar el silencio, hablar, no por medio de palabras sino de miradas. Y pensaban que debían mirar, y deseaban hacerlo, pero no se atrevían…

-¡Y aquí hay algunas personas! -exclamó Zinochka alegremente.

En el calvero, donde había más luz, había tres hombres sentados junto a una botella casi vacía, silenciosos. Miraron con expectación a los recién llegados. Uno de ellos, afeitado como un actor, rió en voz alta y silbó de un modo provocativo.

El corazón de Nemovetsky palpitó con una trepidación de horror, pero, como si le empujaran por detrás, continuó andando en dirección al trío, sentado al borde del camino. Allí estaban esperando, y tres pares de ojos contemplaban a los viandantes, inmóviles y amenazadores.

Deseoso de ganarse la buena voluntad de aquellos ociosos y harapientos hombres, en cuyo silencio percibía una amenaza, y de obtener su simpatía a través de su propia indefensión, Nemovetsky preguntó:

-¿Es éste el camino que conduce a la ciudad?

No contestaron. El que iba afeitado silbó algo burlón e indefinible, en tanto que los otros permanecían silenciosos y miraban a la pareja con maligna intensidad. Estaban borrachos, y tenían hambre de mujeres y de diversión sensual. Uno de los hombres, de rostro rojizo, se puso en pie como un oso y suspiró pesadamente. Sus compañeros le dirigieron una ojeada, y luego volvieron a clavar sus intensas miradas en Zinochka.

-Tengo un miedo terrible -susurró la muchacha.

Nemovetsky no oyó sus palabras, pero las intuyó por el peso del brazo que se apoyaba en él. Y, tratando de aparentar una calma que no sentía, aunque convencido de lo irrevocable de lo que estaba a punto de ocurrir, continuó avanzando con estudiada firmeza. Tres pares de penetrantes ojos se acercaron más y más, centellearon, y quedaron a su espalda.

«Es preferible correr», pensó Nemovetsky. Y se contestó a sí mismo: «No, es preferible no correr».

-¡Es un polluelo! ¿Le tenéis miedo? -dijo el tercero de los miembros del trío, un individuo calvo con una barba roja muy poco poblada-. Y la chica es muy fina. ¡Quiera Dios darnos una como ella a cada uno!

Los tres hombres estallaron en una carcajada.

-¡Eh! ¡Un momento! ¡Quiero hablar con usted, caballerete! -gritó el hombre más alto con una voz recia, mirando a sus camaradas.

El trío se puso en pie.

Nemovetsky continuó andando, sin volverse.

-¡Deténgase cuando se lo piden! -exclamó el pelirrojo-. ¡Y, si no quiere hacerlo, aténgase a las consecuencias!

-¿Está sordo? -gruñó el hombre más alto, y en dos zancadas se aproximó a la pareja.

Una mano maciza cayó sobre el hombro de Nemovetsky y le hizo girar sobre sí mismo. Al volverse, encontró muy cerca de su rostro los ojos redondos, saltones y terribles de su asaltante. Estaban tan cerca, que le parecía verlos a través de un cristal de aumento, y distinguió claramente las pequeñas venas rojas en el globo ocular y lo amarillento de los párpados. Dejó caer la mano de Zinochka y, hundiendo la suya en su bolsillo, murmuró:

-¿Quiere dinero? Puedo darle el que llevo, con mucho gusto.

Los ojos saltones brillaron. Y cuando Nemovetsky apartó su mirada de ellos, el hombre alto tomó impulso y golpeó la barbilla del joven. La cabeza de Nemovetsky salió proyectada hacia atrás, sus dientes crujieron y su gorra cayó al suelo; agitando los brazos, el joven se derrumbó pesadamente. Silenciosamente, sin proferir un solo grito, Zinochka dio media vuelta y echó a correr con toda la velocidad de que era capaz. El hombre del rostro afeitado lanzó una exclamación que resonó extrañamente:

-¡A-a-ah!

Y echó a correr detrás de Zinochka.

Nemovetsky se incorporó de un salto, pero apenas había recobrado la vertical cuando otro golpe en la nuca volvió a derribarle. Sus adversarios eran dos, y el joven no estaba habituado al combate físico. Sin embargo, luchó largo rato, arañó con sus uñas como una encalabrinada mujer, mordió con sus dientes y sollozó con una inconsciente desesperación. Cuando estuvo demasiado débil para continuar resistiendo, los dos hombres le levantaron del suelo y le apartaron del camino. Lo último que vio fue un fragmento de la barba roja que casi tocaba su boca, y más allá, la oscuridad del bosque y la blusa de color claro de la muchacha que huía. Zinochka corría silenciosa y rápidamente, como había corrido unos días antes cuando jugaban al marro; y detrás de ella, con cortas zancadas, ganándole terreno, corría el hombre afeitado. Luego, Nemovetsky notó el vacío a su alrededor, su corazón dejó de latir mientras el joven experimentaba la sensación de hundirse en un pozo sin fondo, y finalmente tropezó con una piedra, chocó contra el suelo y perdió el conocimiento.

El hombre alto y el hombre pelirrojo, habiendo arrojado a Nemovetsky a una zanja, se detuvieron unos instantes a escuchar lo que sucedía en el fondo de la zanja. Pero sus rostros y sus ojos estaban vueltos a un lado, en la dirección tomada por Zinochka. Desde allí se alzó el estridente grito de la muchacha, para apagarse casi inmediatamente. El hombre alto murmuró, furioso:

-¡El muy cerdo!

Luego, irguiéndose como un oso, echó a correr.

-¡Yo también! ¡Yo también! -gritó su camarada pelirrojo, echando a correr detrás de él. Estaba débil y jadeaba; en la lucha se había lastimado la rodilla, y se sentía furioso al pensar que había sido el primero en ver a la muchacha y sería el último en tenerla. Se detuvo a frotarse la rodilla; luego, llevándose un dedo a la nariz, estornudó, y de nuevo echó a correr, gritando-: ¡Yo también! ¡Yo también!

La nube oscura se disipó a través del cielo, desvaneciéndose en la apacible noche. La oscuridad no tardó en tragarse la corta figura del hombre pelirrojo, pero durante algún tiempo pudieron oírse el desigual ritmo de sus pasos, el crujido de las hojas caídas en el suelo y los gritos plañideros:

-¡Yo también! ¡Hermanos, yo también!

Nemovetsky tenía la boca llena de tierra. Al volver en sí, la primera sensación que experimentó fue la conciencia del acre y agradable olor de la tierra. Le pesaba la cabeza, como si la tuviera llena de plomo; apenas podía volverla. Le dolía todo el cuerpo, de un modo especial el hombro, pero no tenía ningún hueso roto. Se incorporó, y durante largo rato miró por encima de él, sin pensar ni recordar. Directamente encima de su cabeza un arbusto inclinaba sus anchas hojas, y entre ellas era visible el ahora claro cielo. La nube había pasado, sin dejar caer una sola gota de lluvia, y dejando el aire seco y estimulante. Muy alta, en medio del cielo, aparecía la esculpida luna, con unos bordes transparentes. Estaba viviendo sus últimas noches y su luz era fría, desalentada, solitaria. Pequeños mechones de nubes se deslizaban rápidamente por las alturas, empujadas por el viento; no oscurecían la luna, limitándose a acariciarla. Lo solitario de la luna, la timidez de las nubes fugitivas, el soplo del viento apenas perceptible debajo, hacían sentir la misteriosa profundidad de la noche dominando sobre la tierra.

Nemovetsky recordó súbitamente todo lo que había ocurrido, y no pudo creer que había ocurrido. Todo era tan terrible que no parecía verdadero. ¿Podía ser tan horrible la verdad? También él, sentado en el suelo en medio de la noche y mirando la luna y los retazos de nubes que se alejaban, se encontraba extraño a sí mismo, hasta el punto de que pensó que estaba viviendo una vulgar aunque terrible pesadilla. Aquellas mujeres, de las cuales había conocido tantas, se habían convertido también en una parte del espantoso y perverso sueño.

«¡No puede ser! -exclamó, sacudiendo débilmente su cabeza-. ¡No puede ser!»

Extendió un brazo y empezó a buscar su gorra. Al no encontrarla, todo se aclaró para él; y comprendió que lo que había sucedido no había sido un sueño, sino la horrible verdad. Poseído por el terror, se agarró furiosamente a las paredes de la zanja tratando de salir de ella, para encontrarse una y otra vez con las manos llenas de tierra, hasta que finalmente consiguió aferrarse a un arbusto y trepar a la superficie.

Una vez allí, echó a correr sin escoger una dirección. Durante largo rato siguió corriendo, dando vueltas entre los árboles. Las ramas arañaban su rostro, y de nuevo todo empezó a parecer un sueño. Nemovetsky experimentó la sensación de que algo como esto le había ocurrido antes: oscuridad, ramas invisibles de los árboles, mientras él corría con los ojos cerrados, pensando que todo era un sueño. Nemovetsky se detuvo, y luego se sentó en una incómoda postura en el suelo, sin ninguna elevación. Y de nuevo pensó en su gorra, y murmuró:

«Esto es: tengo que matarme a mí mismo. Sí, tengo que matarme a mí mismo, aunque esto sea un sueño.»

Se puso en pie de un salto, pero recordó algo y echó a andar lentamente, tratando de localizar en su confuso cerebro el lugar donde habían sido atacados. La oscuridad era casi absoluta en el bosque, pero de cuando en cuando un rayo de luna se filtraba a través de las ramas de los árboles, engañándole; iluminaba los blancos troncos, y el bosque parecía estar lleno de inmóviles y misteriosas personas silenciosas. Todo esto, también, parecía un fragmento del pasado, y parecía un sueño.

«¡Zinaida Nikolaevna!», llamó Nemovetsky, pronunciando la primera palabra en voz alta y la segunda en voz baja, como si con la pérdida de su voz hubiese perdido también toda esperanza de obtener una respuesta. Nadie respondió.

Luego, Nemovetsky encontró el camino, y lo reconoció inmediatamente. Llegó al calvero. Y al llegar allí comprendió que todo había ocurrido realmente. En su terror, echó a correr, gritando:

«¡Zinaida Nikolaevna! ¡Soy yo! ¡Yo!»

Nadie contestó a su llamada. Tomando la dirección en la cual pensaba que se encontraba la ciudad, gritó con toda la fuerza que quedaba en sus pulmones:

«¡S o c o r r o o o!»

• una vez más echó a correr, susurrando algo mientras rozaba los arbustos, hasta que apareció delante de sus ojos una mancha blanca, semejante a una mancha de luz congelada. Era el postrado cuerpo de Zinochka.

«¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué es esto?», dijo Nemovetsky, con los ojos secos, pero con una voz que sollozaba. Se dejó caer sobre sus rodillas y entró en contacto con la muchacha tendida allí.

Su mano cayó sobre el cuerpo desnudo, el cual era suave al tacto, y firme, y frío, pero no estaba muerto. Temblando, Nemovetsky pasó su mano sobre ella.

«Querida, cariño, soy yo», susurró, buscando el rostro de la muchacha en la oscuridad.

Luego extendió una mano en otra dirección, y otra vez entró en contacto con el cuerpo desnudo, y dondequiera que posaba su mano tocaba el cuerpo de la mujer, tan suave, tan firme, pareciendo adquirir calor al contacto de su mano. Nemovetsky apartaba de pronto su mano, para volver a apoyarla inmediatamente en aquel cuerpo, que no podía asociar con Zinochka. Todo lo que había pasado aquí, todo lo que aquellos hombres habían hecho con este mudo cuerpo de mujer, se le apareció a Nemovetsky en toda su espantosa realidad, y encontraba una extraña y elocuente respuesta en su propio cuerpo. Con los ojos clavados en la mancha blanca, enarcó las cejas como un hombre entregado a la tarea de pensar.

«¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué es esto?», repitió, pero el sonido surgió irreal, como algo deliberado.

Nemovetsky apoyó la mano sobre el corazón de Zinochka: latía débil pero regularmente, y cuando el joven se inclinó hacia el rostro femenino captó también la leve respiración. La muchacha parecía estar sumida en un apacible sueño. La llamó en voz baja:

«¡Zinochka! ¡Soy yo!»

Pero inmediatamente supo que no le gustaría verla despierta hasta que hubiera transcurrido un largo rato. Nemovetsky contuvo su respiración, miró furtivamente a su alrededor y luego acarició la mejilla de la muchacha; primero besó sus cerrados ojos, después sus labios… Temiendo que despertara, se echó hacia atrás y permaneció en una actitud helada. Pero el cuerpo estaba inmóvil y mudo, y en su indefensión y fácil acceso había algo lastimoso y exasperante. Con infinita ternura Nemovetsky trató de cubrir a la muchacha con los trozos de su vestido, y la doble conciencia de la tela y del cuerpo desnudo resultaba tan afilada como un cuchillo y tan incomprensible como la locura… Aquí, unas fieras se habían dado un banquete: Nemovetsky captó la ardiente pasión difundida en el aire y dilató sus fosas nasales.

«¡Soy yo! ¡Soy yo!», repitió como un demente, sin comprender lo que le rodeaba y poseído aún por el recuerdo del blanco orillo de la falda femenina, de la negra silueta del pie y del calzado que tan tiernamente lo contenía. Mientras escuchaba respirar a Zinochka, con los ojos clavados en el lugar donde se hallaba su rostro, movió una mano. Se detuvo a escuchar, y movió la mano de nuevo.

«¿Qué estoy haciendo?», gritó en voz alta, desesperado, y se echó hacia atrás, horrorizado de sí mismo.

Por un instante, el rostro de Zinochka fulguró delante de él y se desvaneció. Trató de comprender que aquel cuerpo era Zinochka, con la cual había estado paseando y hablando de lo infinito, y no pudo comprender. Trató de sentir el horror de lo que había ocurrido, pero el horror era demasiado intenso para ser captado.

«¡Zinaida Nikolaevna! -gritó en tono implorante-. ¿Qué significa esto?; Zinaida Nikolaevna!»

Pero el atormentado cuerpo permaneció mudo y, continuando su loco monólogo, Nemovetsky se dejó caer de rodillas. Imploró, amenazó, dijo que se suicidaría, y agarró el postrado cuerpo, apretándolo contra el suyo…

El cuerpo no opuso la menor resistencia, obedeciendo dócilmente a sus movimientos, y todo aquello era tan terrible, incomprensible y salvaje que Nemovetsky volvió a ponerse de pie de un salto y gritó bruscamente:

«¡Socorro!»

Pero el sonido era falso, como si fuera deliberado.

Y una vez más se dejó caer sobre el pasivo cuerpo, con besos y lágrimas, sintiendo la presencia de un abismo, un oscuro, terrible y absorbente abismo. Allí no había ningún Nemovetsky; Nemovetsky se había quedado atrás, en alguna parte, y el ser que le había reemplazado estaba ahora sacudiendo el cálido y sumiso cuerpo, y estaba diciendo con la astuta sonrisa de un demente:

«¡Contéstame! ¿O acaso no quieres contestarme? ¡Te amo! ¡Te amo!»

Con la misma astuta sonrisa acercó sus desorbitados ojos al rostro de Zinochka y susurró:

«¡Te amo! No quieres hablar, pero estás sonriendo, me doy cuenta. ¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo!»

Apretó con más fuerza contra el suyo el cuerpo de Zinochka, cuya pasividad despertaba una salvaje pasión. Retorciendo sus manos, Nemovetsky volvió a susurrar, con voz enronquecida:

«¡Te amo! No se lo diremos a nadie, y nadie lo sabrá. Me casaré contigo mañana, cuando tú quieras. ¡Te amo! Te besaré, y tú me responderás… ¿sí? Zinochka…»

Pegó sus labios a los de la muchacha, y en la angustia de aquel beso su razón quedó anulada del todo. Le pareció que los labios de Zinochka se estremecían. Por un instante, el horror aclaró su mente, abriendo delante de él un negro abismo.

Y el negro abismo lo engulló.

 

FIN

 

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