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jueves, septiembre 24, 2026

LA GARRA DEL DIABLO John Fland

 



 

Desde el pasillo 6 del ala B, una galería conduce a un pequeño patio interior en semicírculo.

El lugar es muy tranquilo, y los guardianes de servicio van calzados con zapatillas de fieltro.

Ni siquiera se les oye abrir los judas, por los cuales pueden espiar a los presos de las celdas de los condenados a muerte.

Por espíritu de humanidad, se ha reducido al máximo la longitud de aquella galería, a fin de qué los inquilinos de los calabozos 3, 5, 7 y 9 no tengan que andar demasiado para llegar al pequeño edificio donde les espera la horca.

Los vigilantes hablan muy poco, y cuando lo hacen es con voz casi inaudible. El único que no se preocupa por aquellas memeces es el Pastor Higgins. No baja el tono de su voz cuando grita:

-¡Sabe usted perfectamente a quien me refiero! ¡Al número cinco!

El Pastor Higgins era un hombre corpulento, de rostro bondadoso y abotargado. Es el único que puede dirigirme la palabra llamándome, no por la expresión número cinco, sino por mi verdadero nombre. En el curso de su primera visita quiso convencerme de que el Cielo abriría sus puertas para mí, en cuanto me balanceara, con las vértebras cervicales rotas, en la cuerda del patíbulo. Pero yo le dije:

-No se preocupe, Reverendo. Todo acabará por arreglarse.

Siguió mi consejo, y en su segunda visita me contó que cuando el tiempo era lluvioso o ventoso, padecía de asma, y que su esposa prefería el café al té. Sobre este punto, compartí cortésmente su asombro, y esto le complació mucho.

Una vez, a raíz de su séptima visita, quise hacerle unas confidencias. La Ley me permitía entonces admirar aún trece amaneceres.

-La cosa empezó -le dije- el día que cayó en mis manos la obra de Boecio De Consolatione Philosophiae. ¿No le parece extraño, Reverendo, que también Boecio perdiera la vida en el patíbulo?

-¿Ahorcado? -inquirió, curioso.

-No, decapitado.

Su interés decayó, ya que era un hombre de su época y sabía que el Reino Unido había renunciado desde hacía siglos a aquel sistema de ejecución. De modo que no me molesté en explicarle que la cosa sucedió el año quinientos, y lejos de Inglaterra.

Por otra parte, el Pastor había echado ya una ojeada a su reloj. Seguramente tenía miedo de llegar con retraso a la merienda, en el curso de la cual su esposa bebería café, y él té.

En los días que siguieron, sólo hablamos de cosas insignificantes. No obstante, una vez le pregunté si un ser humano podía tomar la forma de un gato, y viceversa.

-¡Desde luego! -respondió alegremente-. ¡En el cuento de El Gato con Botas!

-En esa historia, el ogro se metamorfosea en ratón -dije, muy serio-. No es lo mismo.

Palmeó mi mejilla amistosamente y declaró que yo era un muchacho travieso y divertido.

Eso me convenció de que me prefería a los otros condenados que temblaban y se lamentaban al ver fundirse como la nieve al sol sus tres semanas de plazo legal.

-Un tipo valiente -le oí decir en cierta ocasión, dirigiéndose al carcelero, detrás de la puerta.

¿Soy de veras valiente? ¡En absoluto! Pero muy curioso, sin duda alguna. Tengo prisa por saber si realmente todo se aclara en el más allá, y si por fin comprenderé lo que me ha sucedido.

* * *

El nombre de aquella pequeña ciudad no tiene la menor importancia.

Pero, ¿por qué no ser sincero? Prefiero callarlo, ya que suena desagradablemente al oído, como una uña rascando una piedra pizarrosa.

Seguid, sobre el mapa de las Lowlands, aquel pequeño río sinuoso que se obstina en correr hacia el oeste, en tanto que los otros cursos de agua van alegremente al encuentro del sol levante.

El mapa no menciona ni las murallas de la ciudad que, en el horizonte, parecen formar parte de las nubes, ni las torres austeras que surgen de ellas. Tampoco menciona el graznar de los buitres en las llanuras contiguas, y mucho menos las campanadas del toque de queda que resuenan lúgubremente en el aire, como si tuvieran frío y pidieran un poco de abrigo.

Llovía cuando llegué a ella, de noche. Los múltiples pinceles de claridad de la luna pintaban la oscuridad con grandes trazos luminosos.

La casa se erguía entre el recinto de la catedral y la tierra de las Hermanas negras. Tenía un aspecto lastimoso, con su tejado cubierto de liquen.

En primer lugar observé atentamente la calle. Estaba desierta. Las casas, en medio de las sombras invasoras, parecían jugar al escondite.

Saqué la ganzúa de acero que me había procurado en Londres. Se oyó un chasquido y la cerradura cedió inmediatamente.

El pasillo estaba iluminado por una lámpara de aceite de vidrio amarillo. Quise sacar de mi bolsillo el plano de la casa, pero recordé haberlo quemado como medida de precaución antes de ponerme en camino. De todos modos, recordaba claramente la disposición de las habitaciones.

Recordé las palabras escritas con tinta roja debajo del plano: «¡Cuidado con el gato!»

Por primera vez desde mi salida de Londres, lo raro de aquel aviso me impresionó. Si se hubiera tratado de un perro… Pero, ¡un gato! También habían escrito, aunque esta vez con tinta negra: «Subir la escalera hasta el primer piso. Girar a la derecha, subir dos peldaños, seguir un pasillo de veintidós pies de longitud. Si es demasiado pronto, ocultarse en el nicho, de seis pies de altura, entre la estatua de Santa Rita y la pared. En cuanto den las diez, entrar en el cuarto. La inquilina se acuesta a las nueve. El somnífero que toma produce su efecto tres cuartos de hora después de haberlo ingerido. Ya sabe lo que tiene que hacer. Abrir el armario ropero y apoderarse de una caja de bizcochos Huntley-Palmers, con la efigie de la Reina Victoria en la tapadera, que se encuentra debajo de una pila de servilletas, en la tercera tabla. Salir de la casa. No hay ronda nocturna antes de las diez y cuarto. Regresar a Londres dando un rodeo. Esperar en la Burma Road, tres días después, a las diez».

Me había repetido con tanta frecuencia todas aquellas órdenes que hubiera podido recitarlas de memoria, como un poema.

¿Por qué precisamente la Burma Road? Siempre he detestado Stoke-Newington, y todavía más aquella calle fría de un barrio sin alma ni alegría. Había también otras órdenes.

Mucho más terribles. Una voz cruel y sin timbre me las había murmurado al oído. Todo estaba incluido en aquellas siete palabras: «Ya sabe lo que tiene que hacer».

Mi reloj señalaba las diez menos dos minutos. Permanecí de pie delante del nicho, sin meterme en él. Había suficiente claridad para distinguir la estatua inclinada de la santa.

Busqué con la mirada el origen de aquella claridad y vi que la luna había conseguido librarse de la bruma, su hoz parecía haber segado las nubes del cielo.

Las diez.

La puerta de la habitación estaba cerrada por dentro y tenía la llave puesta, pero yo había previsto aquella posibilidad. Por medio de una pequeña pinza de acero cogí el extremo de aquella llave y la hice girar lentamente.

El cerrojo no estaba echado.

Una lámpara de globo de cristal esmerilado iluminaba la estancia.

Me pregunté por qué debía matar a la pequeña dama que yacía sobre el lecho, inconsciente, roncando ligeramente, con la garganta descubierta. Ni siquiera se despertaría.

Pero las órdenes eran categóricas.

Las sábanas se removieron ligeramente, formando pequeñas olas, cuando golpeé. No vi sangre, y me alegré, porque la vista de la sangre me produce náuseas.

«Abrir el armario ropero…»

La caja estaba allí y, desde la tapadera, la Reina Victoria me miró con sus ojos redondos de rana.

«Salir de la casa. No hay ronda nocturna antes de las diez y cuarto…»

Eran las diez y siete minutos.

A las diez y siete minutos abrí la puerta de la calle.

Sin tener el menor motivo para hacerlo, me volví y contemplé la escalera.

En el primer rellano había un gato que me miraba fijamente con sus ojos verdes y chispeantes.

Tres días después, en el porche de una pajarería de la Burma Road, alguien me quitó la caja de las manos y me entregó un paquetito envuelto en papel gris.

Mil libras en billetes de diez.

* * *

Durante un mes recorrí todos los periódicos de Inglaterra y de Escocia, desde la primera hasta la última página, desde los editoriales hasta los anuncios más insignificantes. Una sola vez hablaron de la pequeña ciudad de nombre desagradable, de sombrías murallas, de torres horribles. Y fue a raíz de un encuentro de tenis.

Ni una palabra acerca del crimen.

Sin aquellos crujientes billetes de banco, hubiese podido creer que había tenido un mal sueño. Había alquilado en London Wall una bonita habitación amueblada, un nido confortable y muelle, desde el cual podía admirar la tupida vegetación de Finsburry Circus.

Hacía mis comidas en un restaurante de la Chiswell Street. Nunca había saboreado manjares tan deliciosos. Me convertí en un asiduo visitante de la biblioteca local, y empecé a escribir versos.

Un editor de Paternóster Row se declaró dispuesto a publicar un volumen de mis poesías si corría yo con los gastos. Pero no me gustaba Paternóster Row, que se encontraba demasiado cerca de Newgate.

Devoré un número increíble de libros.

Trabé conocimiento con Chaucer, Otway, Sam Butler, e incluso con Locke, el cual me aburrió, sinceramente. Estaba a punto de imitar a Ossian y a Chatterton en mis poemas cuando cayó en mis manos la De Consolatione Philosophiae de Boecio. Había obtenido aquella obra por un precio irrisorio en una tienda de libros viejos de Cheapside. Encantado con mi adquisición, empecé a leer cuando oí que mi patrona reprendía severamente a la criada.

-¡No quiero gatos en casa! -aullaba, furiosa-. ¡Y hace dos días seguidos que me encuentro este asqueroso animal en la escalera!

-Es verdad -reconoció la criada-, pero yo no puedo hacer nada. Es el gato del caballero que escribe en los periódicos.

En efecto, yo había dicho que era periodista. Unos segundos después, mi patrona, temblando de cólera, irrumpió en mi cuarto.

-¡Su gato tiene que abandonar la casa, o desaparecerá usted con él! -gruñó, en tono amenazador.

Mis protestas fueron sinceras. Yo detestaba los gatos tanto como ella, y no quería ver ninguno cerca de mí.

Mi patrona examinó la habitación con aire suspicaz. En un momento determinado, levantó la cabeza inspirando profundamente, y luego fue a sacar de debajo del armario una escudilla de leche que depositó sobre la mesa con una expresión de triunfo.

-¡Esto está destinado a los ratones, quizás! -exclamó, provocativa-. ¡No! Es inútil que trate de engañarme. Aquí nunca hemos tenido ratones.

Salió, cerrando la puerta de golpe. Yo estaba estupefacto. La escudilla, la leche… ¡Sí, la leche! Yo, que desde niño no había podido tragar aquel líquido insípido, ni siquiera en mi café o en mi té.

Me dejé caer en el sillón. Mis pensamientos empezaron a girar como otras tantas peonzas. Luego terminé por amodorrarme. Una picadura de mosquito me despertó. Maquinalmente, dirigí la mirada hacia la mesa. La pequeña escudilla estaba vacía, no quedaba en ella una sola gota de leche.

Lo que me despertó a la noche siguiente no fue una picadura de mosquito, sino un dolor quemajoso.

Me palpé la mejilla y retiré la mano chorreante de sangre. Una garra poderosa me había arañado el rostro. Adiviné inmediatamente que había sido obra de un gato.

Al día siguiente recibí una nota escrita con tinta roja: «El gato le vio, lo siento por usted».

No había firma, pero creí reconocer la escritura del Diablo, ¡los garabatos del Diablo!

Sujetándome la cabeza con las manos, traté de poner un poco de orden en mis ideas. Pero no conseguí gran cosa. El que había descubierto mi profunda miseria de antaño, el que me había sabido al borde de la desesperación, me había encargado una misión terrible, cuyo cumplimiento, no obstante, me había permitido vivir hasta ahora sin preocupaciones. Aquel hombre… Pero no era un hombre. No había sido más que una sombra misteriosa, vestida de negro. Una sombra inquietante de ojos de búho, de voz cruel y fría.

Yo había cumplido mi palabra. Él también.

¿Qué más podía haber?

Alrededor de mediodía mi patrona entró a decirme que debía abandonar la casa inmediatamente. Había visto el gato, sentado delante de la puerta de mi cuarto. No me sentí con fuerzas para defenderme. Por otra parte, no quería quedarme un solo día más en aquella casa.

Empecé a rodar por Londres. No hay en el mundo otra ciudad que sea más espantosa y que se preste mejor a interminables vagabundeos.

Ni siquiera pensaba en ponerme a buscar otra habitación.

-Dondequiera que encuentre una -me dije-, sea en London Wall o en Dulwich, siempre habrá escudillas llenas de leche debajo de los armarios, siempre habrá una garra para arañarme la mejilla, siempre habrá un gato sentado sobre la esterilla delante de mi puerta.

En aquel momento, el reloj del Big Ben empezó a sonar, lo cual me recordó la estúpida historia de Dick Whittington y su gato.

«Go back Whittington Thrice Lord Mayor of London».

Pero las campanas de Westminster me contaban algo muy distinto. Me obligaban a pensar en sus hermanas de la pequeña ciudad maldita con sus altas murallas, sus torres horribles y sus graznantes buitres. Caía la noche y el frío era muy intenso cuando distinguí, delante del asilo nocturno de la Commercial Road, a toda la chusma de Wapping que esperaba pacientemente que se abriera la gran puerta gris.

Mi bolsillo estaba repleto de libras esterlinas y, sin embargo, envidié a aquellos desgraciados que iban a dormir, en común, sobre unos miserables jergones, tapados con unas mantas que olerían a agrio, pero no en una habitación donde en cualquier momento podía surgir un gato fantasma.

-¿No queréis invitar a una copa de ginebra a la pequeña Grace, gobernador? -suplicó una vocecita en la penumbra.

Era una muchacha rubia, que llevaba un vestido deshilachado y un sombrero de color de rosa. Una muchacha como las que pueden encontrarse por docenas en aquel mísero barrio.

Me sentí solo y la acogí amablemente.

Entramos en un tugurio, donde ingerimos numerosos ponches y otras mezclas, caras y ardientes, que llevaban nombres norteamericanos.

-Acompáñame a mi cuarto, querido -propuso la muchacha-. No es muy lujoso, pero está limpio.

En efecto, era una habitación muy limpia, e incluso hubiese podido encontrarla agradable de no haber sido por el frío glacial que reinaba en ella.

-¿Tienes frío, querido?

Grace señaló una pequeña estufa de petróleo.

-Hace mucho humo, pero no calienta. ¡Espera un momento! Meg, una de mis compañeras, vive en el mismo piso. No se negará a prestarme su radiador eléctrico.

Salió del cuarto.

Unos instantes después oí que llamaban a la puerta. Creí que el radiador en cuestión estorbaba a Grace y no le permitía abrir. De modo que lo hice yo.

Un gato gigantesco penetró en el cuarto, saltó sobre la mesa y me dirigió una terrible mirada.

Por unos instantes quedé como convertido en estatua de sal; luego vi al monstruo tensar sus músculos y exhibir sus largas y aceradas garras.

Cerca de la estufa de petróleo había un atizador, una pesada barra de hierro. Me apoderé rápidamente de ella en el momento en que aquel demonio iba a saltar, y le golpeé.

Su cabeza se abrió como una naranja demasiado madura.

* * *

Súbitamente, el cuarto se llenó de gente y transcurrieron unos minutos antes de que me diera cuenta de que me estaban maltratando.

-¡Bestia! ¡Asesino! -aullaban unas voces furiosas, en tanto que unas manos negras y sucias me arrancaban mechones de cabellos, y unos pies toscamente calzados me desgarraban la piel de las piernas.

-¿Por qué? -murmuré.

-¡Quitadle el atizador! -gritó alguien.

Incapaz de oponer la menor resistencia, vi cómo un hombre vestido con una blusa verde se acercaba a mí para quitarme de las manos una barra de hierro oxidada, de la cual goteaba un líquido rojo.

-Es el gato -dije, sollozando.

Pero no había ningún gato a la vista.

En cambio, la pequeña Grace yacía en el suelo, con la cabeza abierta, y la sangre fluía por entre sus cabellos rubios. Estrechaba en sus brazos un pequeño radiador eléctrico.

* * *

No he contado esto ni a la policía ni a los jueces. ¿De qué me hubiera servido? ¿Para escapar de la horca? ¿Y para que me enviaran a Bedlam [1], donde, noche y día, un gato me hubiera mirado intensamente con sus ojos de demonio, y luego me hubiera arañado el rostro con sus garras?

En la celda número cinco de los condenados a muerte, en Newgate, espero el día vigésimoprimero. Me han atado a mi camastro. Dado que está previsto por el reglamento, no quiero protestar.

Me han puesto unas esposas, pero mis dedos están libres, y escribo. No poseo tinta ni papel. Ni siquiera podría escribir en la arena, o sobre el agua. De modo que escribo en el cielo, simplemente.

Por eso mi historia no alcanzará a los hombres, pero me precederá cerca de Dios, el único juez inapelable.

 

[1] Corrupción de Bethleem, el más antiguo de los hospitales psiquiátricos de Inglaterra, fundado en 1547 por Enrique VIII (Gran Larousse Enciclopédico).

 

FIN

 



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