Desde el pasillo 6 del ala B, una galería
conduce a un pequeño patio interior en semicírculo.
El lugar es muy tranquilo, y los
guardianes de servicio van calzados con zapatillas de fieltro.
Ni siquiera se les oye abrir los judas,
por los cuales pueden espiar a los presos de las celdas de los condenados a
muerte.
Por espíritu de humanidad, se ha reducido
al máximo la longitud de aquella galería, a fin de qué los inquilinos de los
calabozos 3, 5, 7 y 9 no tengan que andar demasiado para llegar al pequeño
edificio donde les espera la horca.
Los vigilantes hablan muy poco, y cuando
lo hacen es con voz casi inaudible. El único que no se preocupa por aquellas
memeces es el Pastor Higgins. No baja el tono de su voz cuando grita:
-¡Sabe usted perfectamente a quien me
refiero! ¡Al número cinco!
El Pastor Higgins era un hombre
corpulento, de rostro bondadoso y abotargado. Es el único que puede dirigirme
la palabra llamándome, no por la expresión número cinco, sino por mi verdadero
nombre. En el curso de su primera visita quiso convencerme de que el Cielo
abriría sus puertas para mí, en cuanto me balanceara, con las vértebras
cervicales rotas, en la cuerda del patíbulo. Pero yo le dije:
-No se preocupe, Reverendo. Todo acabará
por arreglarse.
Siguió mi consejo, y en su segunda visita
me contó que cuando el tiempo era lluvioso o ventoso, padecía de asma, y que su
esposa prefería el café al té. Sobre este punto, compartí cortésmente su
asombro, y esto le complació mucho.
Una vez, a raíz de su séptima visita,
quise hacerle unas confidencias. La Ley me permitía entonces admirar aún trece
amaneceres.
-La cosa empezó -le dije- el día que cayó
en mis manos la obra de Boecio De Consolatione Philosophiae. ¿No le parece
extraño, Reverendo, que también Boecio perdiera la vida en el patíbulo?
-¿Ahorcado? -inquirió, curioso.
-No, decapitado.
Su interés decayó, ya que era un hombre
de su época y sabía que el Reino Unido había renunciado desde hacía siglos a
aquel sistema de ejecución. De modo que no me molesté en explicarle que la cosa
sucedió el año quinientos, y lejos de Inglaterra.
Por otra parte, el Pastor había echado ya
una ojeada a su reloj. Seguramente tenía miedo de llegar con retraso a la
merienda, en el curso de la cual su esposa bebería café, y él té.
En los días que siguieron, sólo hablamos
de cosas insignificantes. No obstante, una vez le pregunté si un ser humano
podía tomar la forma de un gato, y viceversa.
-¡Desde luego! -respondió alegremente-.
¡En el cuento de El Gato con Botas!
-En esa historia, el ogro se metamorfosea
en ratón -dije, muy serio-. No es lo mismo.
Palmeó mi mejilla amistosamente y declaró
que yo era un muchacho travieso y divertido.
Eso me convenció de que me prefería a los
otros condenados que temblaban y se lamentaban al ver fundirse como la nieve al
sol sus tres semanas de plazo legal.
-Un tipo valiente -le oí decir en cierta
ocasión, dirigiéndose al carcelero, detrás de la puerta.
¿Soy de veras valiente? ¡En absoluto!
Pero muy curioso, sin duda alguna. Tengo prisa por saber si realmente todo se
aclara en el más allá, y si por fin comprenderé lo que me ha sucedido.
* * *
El nombre de aquella pequeña ciudad no
tiene la menor importancia.
Pero, ¿por qué no ser sincero? Prefiero
callarlo, ya que suena desagradablemente al oído, como una uña rascando una
piedra pizarrosa.
Seguid, sobre el mapa de las Lowlands,
aquel pequeño río sinuoso que se obstina en correr hacia el oeste, en tanto que
los otros cursos de agua van alegremente al encuentro del sol levante.
El mapa no menciona ni las murallas de la
ciudad que, en el horizonte, parecen formar parte de las nubes, ni las torres
austeras que surgen de ellas. Tampoco menciona el graznar de los buitres en las
llanuras contiguas, y mucho menos las campanadas del toque de queda que
resuenan lúgubremente en el aire, como si tuvieran frío y pidieran un poco de
abrigo.
Llovía cuando llegué a ella, de noche.
Los múltiples pinceles de claridad de la luna pintaban la oscuridad con grandes
trazos luminosos.
La casa se erguía entre el recinto de la
catedral y la tierra de las Hermanas negras. Tenía un aspecto lastimoso, con su
tejado cubierto de liquen.
En primer lugar observé atentamente la
calle. Estaba desierta. Las casas, en medio de las sombras invasoras, parecían
jugar al escondite.
Saqué la ganzúa de acero que me había
procurado en Londres. Se oyó un chasquido y la cerradura cedió inmediatamente.
El pasillo estaba iluminado por una
lámpara de aceite de vidrio amarillo. Quise sacar de mi bolsillo el plano de la
casa, pero recordé haberlo quemado como medida de precaución antes de ponerme
en camino. De todos modos, recordaba claramente la disposición de las
habitaciones.
Recordé las palabras escritas con tinta
roja debajo del plano: «¡Cuidado con el gato!»
Por primera vez desde mi salida de
Londres, lo raro de aquel aviso me impresionó. Si se hubiera tratado de un
perro… Pero, ¡un gato! También habían escrito, aunque esta vez con tinta negra:
«Subir la escalera hasta el primer piso. Girar a la derecha, subir dos
peldaños, seguir un pasillo de veintidós pies de longitud. Si es demasiado
pronto, ocultarse en el nicho, de seis pies de altura, entre la estatua de
Santa Rita y la pared. En cuanto den las diez, entrar en el cuarto. La
inquilina se acuesta a las nueve. El somnífero que toma produce su efecto tres
cuartos de hora después de haberlo ingerido. Ya sabe lo que tiene que hacer.
Abrir el armario ropero y apoderarse de una caja de bizcochos Huntley-Palmers,
con la efigie de la Reina Victoria en la tapadera, que se encuentra debajo de
una pila de servilletas, en la tercera tabla. Salir de la casa. No hay ronda
nocturna antes de las diez y cuarto. Regresar a Londres dando un rodeo. Esperar
en la Burma Road, tres días después, a las diez».
Me había repetido con tanta frecuencia
todas aquellas órdenes que hubiera podido recitarlas de memoria, como un poema.
¿Por qué precisamente la Burma Road?
Siempre he detestado Stoke-Newington, y todavía más aquella calle fría de un
barrio sin alma ni alegría. Había también otras órdenes.
Mucho más terribles. Una voz cruel y sin
timbre me las había murmurado al oído. Todo estaba incluido en aquellas siete
palabras: «Ya sabe lo que tiene que hacer».
Mi reloj señalaba las diez menos dos
minutos. Permanecí de pie delante del nicho, sin meterme en él. Había
suficiente claridad para distinguir la estatua inclinada de la santa.
Busqué con la mirada el origen de aquella
claridad y vi que la luna había conseguido librarse de la bruma, su hoz parecía
haber segado las nubes del cielo.
Las diez.
La puerta de la habitación estaba cerrada
por dentro y tenía la llave puesta, pero yo había previsto aquella posibilidad.
Por medio de una pequeña pinza de acero cogí el extremo de aquella llave y la
hice girar lentamente.
El cerrojo no estaba echado.
Una lámpara de globo de cristal
esmerilado iluminaba la estancia.
Me pregunté por qué debía matar a la
pequeña dama que yacía sobre el lecho, inconsciente, roncando ligeramente, con
la garganta descubierta. Ni siquiera se despertaría.
Pero las órdenes eran categóricas.
Las sábanas se removieron ligeramente,
formando pequeñas olas, cuando golpeé. No vi sangre, y me alegré, porque la
vista de la sangre me produce náuseas.
«Abrir el armario ropero…»
La caja estaba allí y, desde la tapadera,
la Reina Victoria me miró con sus ojos redondos de rana.
«Salir de la casa. No hay ronda nocturna
antes de las diez y cuarto…»
Eran las diez y siete minutos.
A las diez y siete minutos abrí la puerta
de la calle.
Sin tener el menor motivo para hacerlo,
me volví y contemplé la escalera.
En el primer rellano había un gato que me
miraba fijamente con sus ojos verdes y chispeantes.
Tres días después, en el porche de una
pajarería de la Burma Road, alguien me quitó la caja de las manos y me entregó
un paquetito envuelto en papel gris.
Mil libras en billetes de diez.
* * *
Durante un mes recorrí todos los
periódicos de Inglaterra y de Escocia, desde la primera hasta la última página,
desde los editoriales hasta los anuncios más insignificantes. Una sola vez
hablaron de la pequeña ciudad de nombre desagradable, de sombrías murallas, de
torres horribles. Y fue a raíz de un encuentro de tenis.
Ni una palabra acerca del crimen.
Sin aquellos crujientes billetes de
banco, hubiese podido creer que había tenido un mal sueño. Había alquilado en
London Wall una bonita habitación amueblada, un nido confortable y muelle,
desde el cual podía admirar la tupida vegetación de Finsburry Circus.
Hacía mis comidas en un restaurante de la
Chiswell Street. Nunca había saboreado manjares tan deliciosos. Me convertí en
un asiduo visitante de la biblioteca local, y empecé a escribir versos.
Un editor de Paternóster Row se declaró
dispuesto a publicar un volumen de mis poesías si corría yo con los gastos.
Pero no me gustaba Paternóster Row, que se encontraba demasiado cerca de
Newgate.
Devoré un número increíble de libros.
Trabé conocimiento con Chaucer, Otway,
Sam Butler, e incluso con Locke, el cual me aburrió, sinceramente. Estaba a
punto de imitar a Ossian y a Chatterton en mis poemas cuando cayó en mis manos
la De Consolatione Philosophiae de Boecio. Había obtenido aquella obra por un
precio irrisorio en una tienda de libros viejos de Cheapside. Encantado con mi
adquisición, empecé a leer cuando oí que mi patrona reprendía severamente a la
criada.
-¡No quiero gatos en casa! -aullaba,
furiosa-. ¡Y hace dos días seguidos que me encuentro este asqueroso animal en
la escalera!
-Es verdad -reconoció la criada-, pero yo
no puedo hacer nada. Es el gato del caballero que escribe en los periódicos.
En efecto, yo había dicho que era
periodista. Unos segundos después, mi patrona, temblando de cólera, irrumpió en
mi cuarto.
-¡Su gato tiene que abandonar la casa, o
desaparecerá usted con él! -gruñó, en tono amenazador.
Mis protestas fueron sinceras. Yo
detestaba los gatos tanto como ella, y no quería ver ninguno cerca de mí.
Mi patrona examinó la habitación con aire
suspicaz. En un momento determinado, levantó la cabeza inspirando
profundamente, y luego fue a sacar de debajo del armario una escudilla de leche
que depositó sobre la mesa con una expresión de triunfo.
-¡Esto está destinado a los ratones,
quizás! -exclamó, provocativa-. ¡No! Es inútil que trate de engañarme. Aquí
nunca hemos tenido ratones.
Salió, cerrando la puerta de golpe. Yo
estaba estupefacto. La escudilla, la leche… ¡Sí, la leche! Yo, que desde niño
no había podido tragar aquel líquido insípido, ni siquiera en mi café o en mi
té.
Me dejé caer en el sillón. Mis
pensamientos empezaron a girar como otras tantas peonzas. Luego terminé por
amodorrarme. Una picadura de mosquito me despertó. Maquinalmente, dirigí la
mirada hacia la mesa. La pequeña escudilla estaba vacía, no quedaba en ella una
sola gota de leche.
Lo que me despertó a la noche siguiente
no fue una picadura de mosquito, sino un dolor quemajoso.
Me palpé la mejilla y retiré la mano
chorreante de sangre. Una garra poderosa me había arañado el rostro. Adiviné
inmediatamente que había sido obra de un gato.
Al día siguiente recibí una nota escrita
con tinta roja: «El gato le vio, lo siento por usted».
No había firma, pero creí reconocer la
escritura del Diablo, ¡los garabatos del Diablo!
Sujetándome la cabeza con las manos,
traté de poner un poco de orden en mis ideas. Pero no conseguí gran cosa. El
que había descubierto mi profunda miseria de antaño, el que me había sabido al
borde de la desesperación, me había encargado una misión terrible, cuyo
cumplimiento, no obstante, me había permitido vivir hasta ahora sin
preocupaciones. Aquel hombre… Pero no era un hombre. No había sido más que una
sombra misteriosa, vestida de negro. Una sombra inquietante de ojos de búho, de
voz cruel y fría.
Yo había cumplido mi palabra. Él también.
¿Qué más podía haber?
Alrededor de mediodía mi patrona entró a
decirme que debía abandonar la casa inmediatamente. Había visto el gato,
sentado delante de la puerta de mi cuarto. No me sentí con fuerzas para
defenderme. Por otra parte, no quería quedarme un solo día más en aquella casa.
Empecé a rodar por Londres. No hay en el
mundo otra ciudad que sea más espantosa y que se preste mejor a interminables
vagabundeos.
Ni siquiera pensaba en ponerme a buscar
otra habitación.
-Dondequiera que encuentre una -me dije-,
sea en London Wall o en Dulwich, siempre habrá escudillas llenas de leche
debajo de los armarios, siempre habrá una garra para arañarme la mejilla,
siempre habrá un gato sentado sobre la esterilla delante de mi puerta.
En aquel momento, el reloj del Big Ben
empezó a sonar, lo cual me recordó la estúpida historia de Dick Whittington y
su gato.
«Go back
Whittington Thrice Lord Mayor of London».
Pero las campanas de Westminster me
contaban algo muy distinto. Me obligaban a pensar en sus hermanas de la pequeña
ciudad maldita con sus altas murallas, sus torres horribles y sus graznantes
buitres. Caía la noche y el frío era muy intenso cuando distinguí, delante del
asilo nocturno de la Commercial Road, a toda la chusma de Wapping que esperaba
pacientemente que se abriera la gran puerta gris.
Mi bolsillo estaba repleto de libras
esterlinas y, sin embargo, envidié a aquellos desgraciados que iban a dormir,
en común, sobre unos miserables jergones, tapados con unas mantas que olerían a
agrio, pero no en una habitación donde en cualquier momento podía surgir un
gato fantasma.
-¿No queréis invitar a una copa de
ginebra a la pequeña Grace, gobernador? -suplicó una vocecita en la penumbra.
Era una muchacha rubia, que llevaba un
vestido deshilachado y un sombrero de color de rosa. Una muchacha como las que
pueden encontrarse por docenas en aquel mísero barrio.
Me sentí solo y la acogí amablemente.
Entramos en un tugurio, donde ingerimos
numerosos ponches y otras mezclas, caras y ardientes, que llevaban nombres
norteamericanos.
-Acompáñame a mi cuarto, querido -propuso
la muchacha-. No es muy lujoso, pero está limpio.
En efecto, era una habitación muy limpia,
e incluso hubiese podido encontrarla agradable de no haber sido por el frío
glacial que reinaba en ella.
-¿Tienes frío, querido?
Grace señaló una pequeña estufa de
petróleo.
-Hace mucho humo, pero no calienta.
¡Espera un momento! Meg, una de mis compañeras, vive en el mismo piso. No se
negará a prestarme su radiador eléctrico.
Salió del cuarto.
Unos instantes después oí que llamaban a
la puerta. Creí que el radiador en cuestión estorbaba a Grace y no le permitía
abrir. De modo que lo hice yo.
Un gato gigantesco penetró en el cuarto,
saltó sobre la mesa y me dirigió una terrible mirada.
Por unos instantes quedé como convertido
en estatua de sal; luego vi al monstruo tensar sus músculos y exhibir sus
largas y aceradas garras.
Cerca de la estufa de petróleo había un
atizador, una pesada barra de hierro. Me apoderé rápidamente de ella en el
momento en que aquel demonio iba a saltar, y le golpeé.
Su cabeza se abrió como una naranja
demasiado madura.
* * *
Súbitamente, el cuarto se llenó de gente
y transcurrieron unos minutos antes de que me diera cuenta de que me estaban
maltratando.
-¡Bestia! ¡Asesino! -aullaban unas voces
furiosas, en tanto que unas manos negras y sucias me arrancaban mechones de
cabellos, y unos pies toscamente calzados me desgarraban la piel de las
piernas.
-¿Por qué? -murmuré.
-¡Quitadle el atizador! -gritó alguien.
Incapaz de oponer la menor resistencia,
vi cómo un hombre vestido con una blusa verde se acercaba a mí para quitarme de
las manos una barra de hierro oxidada, de la cual goteaba un líquido rojo.
-Es el gato -dije, sollozando.
Pero no había ningún gato a la vista.
En cambio, la pequeña Grace yacía en el
suelo, con la cabeza abierta, y la sangre fluía por entre sus cabellos rubios.
Estrechaba en sus brazos un pequeño radiador eléctrico.
* * *
No he contado esto ni a la policía ni a
los jueces. ¿De qué me hubiera servido? ¿Para escapar de la horca? ¿Y para que
me enviaran a Bedlam [1], donde, noche y día, un gato me hubiera mirado
intensamente con sus ojos de demonio, y luego me hubiera arañado el rostro con
sus garras?
En la celda número cinco de los
condenados a muerte, en Newgate, espero el día vigésimoprimero. Me han atado a
mi camastro. Dado que está previsto por el reglamento, no quiero protestar.
Me han puesto unas esposas, pero mis
dedos están libres, y escribo. No poseo tinta ni papel. Ni siquiera podría
escribir en la arena, o sobre el agua. De modo que escribo en el cielo,
simplemente.
Por eso mi historia no alcanzará a los
hombres, pero me precederá cerca de Dios, el único juez inapelable.
[1] Corrupción de Bethleem, el más
antiguo de los hospitales psiquiátricos de Inglaterra, fundado en 1547 por
Enrique VIII (Gran Larousse Enciclopédico).
FIN

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